El otro día emprendí un viaje hacia la vida de
mi padre, entré en la historia de la infancia de un anciano de 82 años.
Entre a 200 Km./ h., tal y como se entra en los sitios cuando lo que intuyes que
te vas a encontrar no es para disfrutarlo como en un dulce paseo a 80 Km/h.
A 120 Km./h. me llevó mi rutera Honda durante 400 kilómetros, pero a 200 entré,
rápido y sin pensar como la cucharada de jarabe que se toma un niño mientras se
tapa la nariz con la punta de sus dedos, y en ese mal trago reconoce el sabor de
lo que le contaron: ese paisaje desolador e inhabitado en el que viven almas que
puedes sentir al paso por sus calles.
Esta va a ser la historia vívida de cómo aún nuestras motos se convierten en la
máquina del tiempo que nos lleva a otras épocas y nos trae de vuelta sanos y
salvos a las nuestras. Tan sanos y salvos como aquellos que tras una guerra del
desamor pudieron volver para contarlo, para sacar fuerzas con nuevo amor, para
tener hijos que lo cuenten hoy.
Partí de Madrid, capital de España a las 10 de la mañana con dirección noreste,
en una mañana de otoño soleado y cálido, mi equipaje era justo y suficiente para
hacer noche y volver al día siguiente con la seguridad de haber entendido algo
más de la diversidad cultural de mi tierra.
Los primeros kilómetros se hicieron deliciosos, la carretera es excelente y
cómoda, a mi gusto demasiado recta y me aburría un poco, hasta que con ciertas
precauciones aceleré el puño y el viento se pegaba con más fuerza contra mi
casco, el aire refrescaba con intensidad mi respiración y los brazos y las
piernas se aferraban junto a mi hierro formando él y yo un solo cuerpo con un
destino decidido.
Tras más de 200 kilómetros, así transcurrió la ruta, y a partir de ese momento
me desvié por carreteras secundarias de excelente asfaltado y con un trazado más
divertido para las gomas de mi Fénix del aire.
Pasé varios pueblos muy renombrados en España: por sus vinos, sus iglesias, otro
por ser la cuna natal de aquel pintor de pintores, precursor del trazo al óleo,
a veces del impresionismo, del realismo, etc., y otras pionero con un lienzo y
mil ideas de la crítica social moderna, que plasmó nuestro Goya universal en sus
cuadros, y por él la memoria popular ha hecho que no se pierda en el tiempo un
capítulo de la Historia.
Todos estos pueblitos y pueblos, ubicados en el secano, frío y pedregoso Aragón,
alejados de otra civilización, distanciándoles entre ambos, aparentes desiertos
de color rojizo que hacen bello, profundo y misterioso el paisaje en el que se
ubica Belchite.
Había visto fotos antes de aquel lugar, había oído testimonios acerca de las
voces del horror, que se oyen aún después de 70 años latir contra los muros
escombrados de aquellas casas, me faltaba creerlo y necesité meter los dedos en
la llaga, necesité verlo tal y como lo vieron al día siguiente mismo que
finalizaron los bombardeos.
Cuando te acercas a Belchite existe un cartel en el que se lee: “Ruinas
históricas”, y a partir de allí me adentré con Fénix en un extraordinario pueblo
del horror, del horror que imaginé que sería ver a 70.000 personas aplastados
por el muro de su alcoba, empalados con el cabecero de su cama, magullados con
la metralla de las bombas, obligados a morir por el necio orden de las ideas,
cuando a estas no se las permite correr como a una liebre libre por el campo.

Aviones que volaron como aves pero que dejaron la huella de sus garras en forma
de incandescente hierro abrasador. Y detrás de los aviones: personas; y delante
de los aviones: personas. Sólo personas, todo personas, ninguna persona.
Me adentré con la moto hasta dónde pude, ya que las ruedas de asfalto no me
permitían pasar las calles con piedras y escombros intactos desde hace 70 años,
y el resto de algunas calles las recorrí a pie.


A pesar de que estaba sólo contemplando aquel “pueblo”, las sensaciones fueron
distintas, algo más me acompañaba incluso en frente de mis ojos, aunque no lo
pude ver. Debajo de esos muros queda gente, y por esas calles pasean vecinos que
ya no viven.


Mi máquina del tiempo me ha llevado a verles, y salí de allí pausado y
pensativo, porque este vestigio de memoria histórica me ha dejado frío. Con mil
dudas, y mil certezas, y tras ambas, ni siquiera me atrevería a hacer que
desapareciera esta memoria, a pesar de que no hace nada útil todo ese montón de
piedra y hierros a los ojos del mundo.

Ahora me quedaban otros casi 400 kilómetros de rectas, curvas y precioso
horizonte para volver a casa; porque ya no quise quedarme a hacer noche en
ninguna otra parte, quise volver al hogar como habrían deseado tantos hace 70
años en España.
Tan sólo en unas horas recorrí a 200 km/h., 70 años de la vida. Algo así no
habría sido posible a menos velocidad, mejor así.


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