
Sobre un camino estrecho de ondulantes huellas, rodeado de bosque y aromas del
monte, conduzco mi moto hacía una aventura incierta. A los costados logro
distinguir cabecitas inquietas de ojos brillantes que agitan las manos para
darme su aliento. Es la bienvenida a un pequeño caserío de taperas añosas, con
techos de teja colonial e irregulares horcones de madera. Al centro, la
infaltable canchita de fútbol de arcos desvencijados y más allá, los típicos
“pahuchis” techados con motacú. Una clásica iglesia completa la escena, que
se distingue orgullosa con bonitos motivos del barroco chiquitano. Es como
tantas otras, una pequeña comunidad nativa, apostada en la ruta entre San
Ignacio de Velasco y la reserva indígena Sapocó, en la amazonía boliviana.
El jueves de Corpus Cristi comienza el viaje. Partimos temprano desde Santa
Cruz de la Sierra hacía San Ignacio de Velasco en una gélida mañana de sur y
chilchi. Al pasar por el puente sobre el río San Julián la naturaleza nos brinda
un fabuloso suceso, miles y miles de sábalos bogando suavemente corriente abajo,
en busca de aguas más cálidas, anunciando el lento pero inequívoco decrecer
del río al llegar la época seca.
Al cruzar el puente nos internamos en una hermosa geografía. Un camino bellísimo
permite manejar la moto a placer. El suelo de ripio fino, no tiene pozos ni
erosión alguna. Las curvas son abiertas y la ruta transcurre a través del monte
en un tobogán de incontables subidas y bajadas.
Los mentores del viaje, han planificado visitar además las misiones jesuíticas
de Santa Ana y San Rafael de Velasco. Al llegar a Santa Ana parece estar de
fiesta, una alegre tamborita da calor a una inusual congregación de gente que
espera entusiasta la llegada del embajador de España, quien se encuentra
recorriendo la zona en entrega de algunos programas de ayuda. Este es un
pueblito pequeño y el único lugar que encontramos para descansar es la parada de
los colectivos, que además funge de pensión y boliche cuando la ocasión lo
amerita y este era el caso. Mandamos a preparar un buen locro de gallina
criolla, algo alegre para tomar y se hizo fiesta cuando la tamborita y un grupo
de jóvenes violinistas del barroco misional, se alternaban para cautivarnos con
bellas melodías.
El grupo de motociclistas es numeroso, más de 20 y todos estamos dispuesto a
correr el riesgo con tal de completar el programa establecido. Aún hace frío,
observo por la ventana del hotel las palmeras agitadas por el viento del sur,
sin embargo la mañana es clara, el cielo azul y completamente despejado. En el
desayuno todos estamos ansiosos por sacar las motos y echarnos a andar. Oswaldo
y Marcelo Justiniano son ignacianos, ambos pertenecen al grupo y contamos con
ellos como guías. A la salida del pueblo encabezan orgullosos el pelotón, sus
amigos de infancia, los despiden emocionados mientras sus motos van dejando San
Ignacio entre sus anchas calles de tierra roja. El destino es Sapocó y desde
allí Concepción, pero pronto queda en evidencia que nuestros guías, no tienen
ni una escasa referencia de hacia dónde debemos ir. Felizmente en las pequeñas
comunidades que atravesamos, la gente nos confirma que el rumbo es correcto,
pero no nos asegura si el camino es transitable más allá.
Después de pasar la comunidad La Fortuna, el paisaje cambia. Poco a poco
ingresamos a una zona baja donde el bosque escasea, más bien son pampas de
pastos naturales con algunas islas de monte bajo. Sobre estas pampas anduvimos
varias horas. Aquí el pasto natural es de un verde intenso y el camino a menudo
es la huella errática que deja el ganado. En los lugares húmedos el camino ha
sido arado y hay que conducir durante kilómetros por sobre los grandes terrones
de tierra volcada que deja el ramplón. Al cruzar una tranquera hacemos pascana
bajo la sombra de un árbol y nos encontramos con una camioneta del propietario
de la estancia. Entretenido personaje, don Mario Paz, no sólo nos dio la
bienvenida, sino que nos llenó de ánimo para seguir adelante, explicando hasta
donde él conocía, el rumbo que deberíamos tomar. Su casual presencia fue
fundamental en un momento en el que algunos, muy agotados por manejar pesadas
motos, estaban a punto de tirar la toalla. Según don Mario, lo que habíamos
recorrido hasta ese lugar era “pichanga”. Consideraba que los arenales eran
autopista y que las caprichosas huellas del ganado eran como asfalto. Lo que
nos espera hasta Sapocó, recién es un recorrido digno de un motociclista
aventurero, agrega. En medio de tales metáforas empezamos a sentir vergüenza de
nuestra incapacidad, de nuestros temores y nuestro bajo rendimiento.
Después de la conversa nadie se echó para atrás, estamos en la ruta cierta y con
paciencia, compañerismo y esfuerzo, todos llegaremos a nuestro destino. Cruzamos
“curichis” y “yomomales” permanentemente, hay que apelar al instinto natural
para no perderse. Donde es necesario champarse al barro y empujar al
compañero, se empuja y donde hay que disfrutar manejando la moto entre el monte
zigzagueante, se lo disfruta al máximo. Cuando la travesía se acerca al río
Sapocó, principal afluente de estos bajios, el camino se interna nuevamente en
el monte alto y en unos cuantos kilómetros, llegamos finalmente a la reserva
Sapocó.
En la comunidad, Ricky Marco, que se encarga voluntariamente de la comida donde
vamos, consigue un tatú a medio asar y bajo el alero de una humilde taperita
indígena, se las arregla para darnos de comer a más de 20 personas. Le encarga a
la dueña de casa un revuelto de huevos criollos, que acompaña con las sobras del
arroz del almuerzo y de postre, una “jasayesada” de dulces toronjas. Después
de las 4 de la tarde continuamos viaje, llegamos a Concepción antes del
atardecer y completamos así los últimos 70 Km. del penúltimo día de travesía.
Al día siguiente la caravana parte de Concepción cerca al medio día. Tenemos
planificado una parada a mitad de camino en San Antonio de Lomerío. En la
víspera fue la fiesta patronal y como era de esperar, los festejos se
prolongaron hasta día siguiente, manteniendo al pueblo entero, hombres y
mujeres, en un estado general de aletargamiento alcohólico. No hubo mucho que
hacer ni mirar, simplemente nos reagrupamos y después de tomar un refresco
salimos rumbo a Santa Cruz de la Sierra.
El cielo crepuscular tiñe de rojo el final de la aventura, una fresca brisa
atraviesa de norte a sur las barandas del puente sobre el Río Grande. Al tomar
la curva sobre el asfalto nuevo, subo al puente en estrecha comunión con mi moto
y disfruto con absoluto placer, el último escenario hermoso que me brinda este
viaje. Las aguas del río reflejan dorada la tenue luz del atardecer mientras se
despiden contorneando con gracia la playa. Atrás han quedado cientos de
kilómetros polvorientos, el cansancio, el esfuerzo, las anécdotas, la risa, el
buen y mal humor, la soledad, el compañerismo. En ese sublime momento el puente
se convierte, literalmente, en la felicidad al final del camino.





Deliciosos, los caminos bolivianos!
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