Las dos voces debieron ser una
y el destino…la libertad.
Mi nacimiento estuvo cifrado por un número, un modelo y una designación
pero Rosa me rebautizó con el nombre de ese cuarto hijo que nunca tuvo.
Había abandonado el largo nombre oriental y comencé a llamarme Eloísa.
Muchas veces, mientras aguardaba en la calle, estacionada en el ángulo
legal, podía verla a través de la vidriera de la confitería pueblerina,
conversando con sus amistades y oírla decir, ya en la puerta: ¡Eloísa me
espera!
Rosa sabía que las sonrisas que veía en sus amigas al despedirla se
convertirían en críticas despiadadas un momento después. Yo compartía su
desdén ante la opinión ajena, solo conocía el bienestar mutuo.
Nuestra relación era íntima, visceral, casi simbiótica. Podía
vislumbrarlo en sus ojos, todas las mañanas, muy temprano, cuando abría
la puerta del garaje y me miraba. Supongo que adivinaba mi espera
ansiosa porque parecía sonreír, se acercaba despacio y recién
entonces…despertaba mi potencia dormida.
El aire tempranero abría calles infinitas de libertad y camaradería.
¡Cómo había sido censurada, en silencio y a gritos, por mi compra! ¿Cómo
podía ocurrírsele a una mujer de pueblo, ya mayor, optar por dos en vez
de cuatro ruedas?
Nada sabían ellos, los prejuiciosos del pueblo, de la sensación de los
cabellos libres, de mi ronroneo entre sus piernas, del aire en el rostro
y esas lágrimas involuntarias que corrían por sus mejillas al superar,
exactamente, los 75 km/hora; en el momento preciso en que mi sonido se
hacía perfecto, asedado, constante y poderoso .
Ella me amaba, yo era más que una moto…era el camino inmensurable, la
naturaleza en fragancias, el vagabundeo perfecto. Nada era más
importante que nosotras dos, las puertas abiertas de par en par a
nuestros deseos y el abrazo erótico de sus piernas a mi cuerpo de metal.
Aquel día neblinoso y frío todo pasó como siempre pasa, de manera tan
veloz que se lleva los recuerdos. Aún me parece ver el gran camión
naranja, el impacto, el vuelo de Rosa, mi deslizar sobre la ruta entre
chispas y crujidos. Y observar, a cuatro metros de distancia, su mirada
fija en el cielo sin aire en ese instante y su pelo como una flor
abierta sobre el camino, estriado de rojo palpitante. Y yo allí, su
amiga secreta, desmembrada y retorcida en la farsa final.
Hoy sé que ese final fue imaginado y reemplazó al verdadero. Pero lo
innegable y despiadado fue la separación definitiva.
Mi espíritu literario y la añoranza me hicieron ficcionalizar la voz de
Eloísa. Y si ella, mi moto, fue capaz de imaginar una verdadera muerte
en la separación, debo aseverar que si bien no existió una muerte física
si hubo, en cambio, un verdadero sentido de pérdida.
Existió aquel día lejano de agosto, frío y neblinoso, en que la ví por
última vez.
Asimismo fue real el gran camión naranja y… nuestra separación. Las
circunstancias fueron menos poéticas. Un momento económico adverso
exigió su sacrificio.
Una tarde gris de agosto de 1997, la vi desaparecer para siempre en el
interior del gran camión naranja. En la hoja con los datos había dejado
de ser mi Eloísa para convertirse en una Kawasaki KZ 550 cc, modelo 81.
Comprendí que, como en toda relación, alguien toma la decisión y el otro
acepta.
Pero tengo la certeza de la pérdida de mi compañera secreta, del
desarraigo mutuo.
Y los caminos, sin Eloísa, nunca serán lo mismo…

Rosa Gelsomino Boetti
Edad: 60 años
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