RUTAS EN DOS RUEDAS

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Rutas en dos Ruedas

 

 

Concurso “Mi historia de amor por la moto” 2008

 

My lady  (Mi ley di)

 

Por: Azul Inquisidor (piloto Yamaha RD Daytona)

 

Resistencia, Chaco

 

 

Ya exhalando los últimos suspiros de la noche. Inscribiendo y agradeciendo a la vida por un nuevo día, seguía latente la irónica pelea de agónica pareja. Sin una explicación valedera, de una tardanza inexplicable para cualquier mujer. Ya censurando y el protagonista principal de un teatro ante sus amigos por mis promiscuos hobbys fierreros. Acodado en la barra del pub, en un arrebato de indignación, hurté mi libertad y solitario nuevamente empecé a navegar por las calles como barco sin brújula ni puerto que lo espere, sin horario de arribo.
Así la conocí, ya exhausto, cansado de tanta furia contenida. Allí estaba ella tan majestuosa, esbelta, mostrándose altanera y radiante como rayo en la tormenta. Su sensualidad, sus contornos finos amalgamados con parada de pasarela. Ella que esperaba su futuro, mostrándose en la vidriera como toda mujer. Esa rareza de encanto, sugestión y aventura, ¡tenía que ser mía! Erótica, atraía cual mosca a la miel, invitaba a desatar su lado pecador. Exquisita elegancia de épocas de lujos y excesos.
Aquel amanecer fue diferente, mi vida se había perturbado. La contemplé soñando. Agudicé mis sentidos como cuando todos idealizamos con lo mejor que nos pueda pasar para nuestro futuro; lo que no desistiríamos por ningún otro motivo más que por el orgullo de poseer lo más fogoso, ardiente, delirante.
Desde ese domingo sabía a donde encontrarla. No dormí hasta poder conocerla, frecuentarla. Pasaron los días de horas muertas. Mediaba la incertidumbre y agonía. ¡Poder llegar a ella!, saber que no estaba comprometida y no se ofrecería al mejor postor, era seductor.
En el momento de las firmas, allí estaba, mirando de reojo el pacto por la dote que debía ofrecer. ¡Pero, que importa!; lo mucho o poco que fuera, si solo la quería a ella y me imaginaba los momentos felices que pasaríamos juntos, acariciándonos, mimándonos, comprendiéndonos y comprometiéndonos mutuamente, disfrutando de nuestra libertad, nuestros tiempos, nuestras escapadas a medias.
La envidia recorría a todos los que nos conocían. ¡Es que estábamos vivos!, colmados de gracias a pleno de nuestra relación y nuestras vidas.
El tiempo corre tan a prisa como el latir de su corazón corrupto, desenfrenado, deseoso de infracciones escandalosas.
El peligro no era problema, solo fue el comienzo del karma, esa infatigable delicia de montarla, sentirla entre mis piernas con su jadeo mortal de exquisiteces profundas. La adrenalina subía tan rápido como el tiempo que me llevaba tomar de sus manos y apasionarla. Girarla nuevamente para otra inyección de adrenalina. En cada cabello sentía derramarse el viento. Mi semblante confesaba a cada segundo el orgullo de que sea mía por siempre. Soñar con que el legado de mi herencia la viera así de orgullosa y esbelta como en mis momentos mozos de algarabía.
Pero no todo dura por siempre, ni para siempre. Fueron riesgos no calculados, prematuros como toda pareja de adolescente. Contaminado de nuevas sensaciones ocultas, apostaba a los extremos de su existencia. Ella con agudo saber de compañera respondía sin la menor duda de que la guiaría por buen camino. Confiada, abnegada y sin mediar palabras, se entregaba a pleno dejando fluir sus depravadas pulsaciones aceleradas. Nos entendíamos en cada bocanada de humo, en cada sombra que nos reflejaba el pavimento. Cada movimiento de cintura, su postura amalgamaba con la mía haciendo el éxtasis de mi vida.
Disfrazaba los sonidos con frases de cordura. Me mostraba con atino y esmero la forma que debía seducirla y brindarme; ajustando que las cosas no se me fueran de las manos. Al igual que todo ignorante principiante, la trataba a mi manera adolescente, vivaz, a pura hormona masculina, ¡a lo macho, a no quejarse!
Ella nunca pronunció sonidos por mis malos tratos, por mi egoísmo, por el precio de mi libertad, dispuesta a ofrendar su esfuerzo, sacrificando y exponiendo al máximo sus prestaciones y virtudes.
Por asociación obligada conocí, a quien celosa se ponía al verme brillante en su compañía. La conocí de repente sin darme cuenta. Como cuando toda la vida pasa en un segundo. Mi nueva amiga impredecible, me mostró los oscuros laberintos que se recorre por la arrogancia de poseer algo que no debía tomar todavía. Algo para lo cual no estaba preparado para preservar, eso que tendría que ser prohibido para altaneros tontos adolescentes.
¡Irresponsabilidad!, nos hizo su jugada. Tocamos tierra tan rápido como los pensamientos fluían. El negro asfalto se arrimó tan frenético y presuroso de cobrar su nueva vida, fatídico, lúgubre, caluroso, un atardecer de primavera.
Ella se despegó de mi cuerpo como si fuera que me protegía de mayores daños, mientras recorrió muchos metros que parecieron kilómetros. Daba vueltas como buscándome para una explicación de lo mal que hice. Me iluminaba con sus ojos todavía abiertos temblorosos y temerosos de lo que pasó. Llegó el momento en que se apagaron sus luces como las pulsaciones del corazón. Suerte, comentaron algunos, no me llevé por delante el poste de luz. Ella por eso se inmovilizó, de lo contrario terminaría en el zanjón que delimitaba la ruta.
Sentí el sabor amargo, el gusto a sangre y el desgarro de haber perdido lo que siempre había soñado. Su dulce melodía que escuchaba cada vez que me hablaba en tonos altos y bajos. Recuerdo viéndola de arriba con su figura seductora, su porte profundo de andar hidalgo, seguro, sin renuncia a las promiscuidades a las que la llevaba. Sin criticar siquiera con las compañías que andaba, sin importarle las relaciones que tuviera, siempre y cuando compartiera con ella los momentos puros de adrenalina y vértigo. Solo pedía un día de esmero para ella. Esa atención en donde fusionábamos cordura, encanto, devoción, recogimiento. Esa fascinación oculta en sus entrañas que perennes quedan en mis recuerdos impávidos de otras alegorías tan profundas como las de ella.
Al despertar, mis caros sentimientos hacían cordón alrededor de la cama. Pasaron los días, semanas, meses, entre quirófanos y postergaciones de salidas, unas tras otras. Sabía que el día llegaría. Ese día en que preguntara por mi pequeña amada. Fue durante mi muerte que algo recordaba del poste de luz. Una amiga me relató los hechos, como si fuera la Biblia. Algo anunciado. No quise pecar de ignorante, presentía que ella había muerto. Incapacitado estaba de resucitarla para otro encanto.
Su cuerpo fracturado del violento impactó se fragmentó al medio, sus órganos vitales quedaron desparramados en su negra sangre. Sola quedó tirada, mirando sin mirar al cielo, iluminando con sus ojos de tristezas y seguramente recordando el pasado en donde cada presión era persuasión, cada curva era testosterona que desataba en furia sus garras, sus fuerzas, su potencia.
Nunca dijo no a mi lujuria acelerada de mayor tiempo en su zona roja. Esa magia profunda de reconocimiento mutuo. Allí quedó toda su humanidad serena; imperturbable, confundiéndose con el entorno, siendo parte tétrica de fotos insultantes de su pudor desenmascarado.
Dejó su sello en la columna de luz de una ruta conocida, y la ironía de pasar siempre y recordarla. Más nunca, jamás volvería a verla.
Ahora las reminiscencias de oscuro castaño pálido, la añoran.
Quedaron las melancólicas cicatrices como tatuajes de vida. La nostalgia de la marchita declamación, rememoran a quien fuera la primera, con quién conocí el desenfreno, el enfado adolescente y una curva ariscamente perversa.
La recuerdo de blanco como cuando la conocí, deslumbraba con su postura, sus tiras de rojo carmesí de punta a punta y sus guardas finas doradas, su vestir decoroso. Se impacientaba si la presionaba demasiado y sin razón. Su andar, frenético, furioso, furtivo, hacía que yo devorara insaciable cualquier encanto de aquel que sintiera que tenía algo mejor. Su silueta de curvas fatales, inquietante, invitaba a montarla a la hora que fuera, donde sea y cuando quiera. Ella que advertía mis temores, y sabia de mis ambiciones, de mis secretos, de mis emociones, de mis amores. Ella me enseñó lo bueno, lo malo.
Hoy la sigo buscando en vano, no la voy a encontrar. Para algunos existe lo imposible, son en la vida inexplicable inconsistencias de vivencias de asombro galeno. Otros solo el flagelo del paso por esta vida.
La sigo ambicionando. La perdono por no limitar mis excesos, la evoco en cada encuentro, en la ruta, en las páginas web. En donde pueda seguir los pasos de alguna descendencia de mi confidente, amante.
Hoy solo; con la sangre de mi sangre en mis espaldas, ya crecidos. Sigo buscándola para un nuevo encuentro en el futuro. Sé que en esta vida no la voy a encontrar pues ya la tengo empeñada por su dolor, que dejó huellas imborrables en mi corazón. Quizás en la próxima, ¡mi querida, RD 400 DAYTONA SPECIAL!
 

 

 

  Es lógico que no haya fotos, solo las tengo en mis recuerdos...
 


AZUL INQUISIDOR
Resistencia
Chaco

 

 

 

 

 

 

 

 

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