Ya exhalando los últimos suspiros de la noche.
Inscribiendo y agradeciendo a la vida por un nuevo día, seguía latente
la irónica pelea de agónica pareja. Sin una explicación valedera, de una
tardanza inexplicable para cualquier mujer. Ya censurando y el
protagonista principal de un teatro ante sus amigos por mis promiscuos
hobbys fierreros. Acodado en la barra del pub, en un arrebato de
indignación, hurté mi libertad y solitario nuevamente empecé a navegar
por las calles como barco sin brújula ni puerto que lo espere, sin
horario de arribo.
Así la conocí, ya exhausto, cansado de tanta furia contenida. Allí
estaba ella tan majestuosa, esbelta, mostrándose altanera y radiante
como rayo en la tormenta. Su sensualidad, sus contornos finos
amalgamados con parada de pasarela. Ella que esperaba su futuro,
mostrándose en la vidriera como toda mujer. Esa rareza de encanto,
sugestión y aventura, ¡tenía que ser mía! Erótica, atraía cual mosca a
la miel, invitaba a desatar su lado pecador. Exquisita elegancia de
épocas de lujos y excesos.
Aquel amanecer fue diferente, mi vida se había perturbado. La contemplé
soñando. Agudicé mis sentidos como cuando todos idealizamos con lo mejor
que nos pueda pasar para nuestro futuro; lo que no desistiríamos por
ningún otro motivo más que por el orgullo de poseer lo más fogoso,
ardiente, delirante.
Desde ese domingo sabía a donde encontrarla. No dormí hasta poder
conocerla, frecuentarla. Pasaron los días de horas muertas. Mediaba la
incertidumbre y agonía. ¡Poder llegar a ella!, saber que no estaba
comprometida y no se ofrecería al mejor postor, era seductor.
En el momento de las firmas, allí estaba, mirando de reojo el pacto por
la dote que debía ofrecer. ¡Pero, que importa!; lo mucho o poco que
fuera, si solo la quería a ella y me imaginaba los momentos felices que
pasaríamos juntos, acariciándonos, mimándonos, comprendiéndonos y
comprometiéndonos mutuamente, disfrutando de nuestra libertad, nuestros
tiempos, nuestras escapadas a medias.
La envidia recorría a todos los que nos conocían. ¡Es que estábamos
vivos!, colmados de gracias a pleno de nuestra relación y nuestras
vidas.
El tiempo corre tan a prisa como el latir de su corazón corrupto,
desenfrenado, deseoso de infracciones escandalosas.
El peligro no era problema, solo fue el comienzo del karma, esa
infatigable delicia de montarla, sentirla entre mis piernas con su jadeo
mortal de exquisiteces profundas. La adrenalina subía tan rápido como el
tiempo que me llevaba tomar de sus manos y apasionarla. Girarla
nuevamente para otra inyección de adrenalina. En cada cabello sentía
derramarse el viento. Mi semblante confesaba a cada segundo el orgullo
de que sea mía por siempre. Soñar con que el legado de mi herencia la
viera así de orgullosa y esbelta como en mis momentos mozos de
algarabía.
Pero no todo dura por siempre, ni para siempre. Fueron riesgos no
calculados, prematuros como toda pareja de adolescente. Contaminado de
nuevas sensaciones ocultas, apostaba a los extremos de su existencia.
Ella con agudo saber de compañera respondía sin la menor duda de que la
guiaría por buen camino. Confiada, abnegada y sin mediar palabras, se
entregaba a pleno dejando fluir sus depravadas pulsaciones aceleradas.
Nos entendíamos en cada bocanada de humo, en cada sombra que nos
reflejaba el pavimento. Cada movimiento de cintura, su postura
amalgamaba con la mía haciendo el éxtasis de mi vida.
Disfrazaba los sonidos con frases de cordura. Me mostraba con atino y
esmero la forma que debía seducirla y brindarme; ajustando que las cosas
no se me fueran de las manos. Al igual que todo ignorante principiante,
la trataba a mi manera adolescente, vivaz, a pura hormona masculina, ¡a
lo macho, a no quejarse!
Ella nunca pronunció sonidos por mis malos tratos, por mi egoísmo, por
el precio de mi libertad, dispuesta a ofrendar su esfuerzo, sacrificando
y exponiendo al máximo sus prestaciones y virtudes.
Por asociación obligada conocí, a quien celosa se ponía al verme
brillante en su compañía. La conocí de repente sin darme cuenta. Como
cuando toda la vida pasa en un segundo. Mi nueva amiga impredecible, me
mostró los oscuros laberintos que se recorre por la arrogancia de poseer
algo que no debía tomar todavía. Algo para lo cual no estaba preparado
para preservar, eso que tendría que ser prohibido para altaneros tontos
adolescentes.
¡Irresponsabilidad!, nos hizo su jugada. Tocamos tierra tan rápido como
los pensamientos fluían. El negro asfalto se arrimó tan frenético y
presuroso de cobrar su nueva vida, fatídico, lúgubre, caluroso, un
atardecer de primavera.
Ella se despegó de mi cuerpo como si fuera que me protegía de mayores
daños, mientras recorrió muchos metros que parecieron kilómetros. Daba
vueltas como buscándome para una explicación de lo mal que hice. Me
iluminaba con sus ojos todavía abiertos temblorosos y temerosos de lo
que pasó. Llegó el momento en que se apagaron sus luces como las
pulsaciones del corazón. Suerte, comentaron algunos, no me llevé por
delante el poste de luz. Ella por eso se inmovilizó, de lo contrario
terminaría en el zanjón que delimitaba la ruta.
Sentí el sabor amargo, el gusto a sangre y el desgarro de haber perdido
lo que siempre había soñado. Su dulce melodía que escuchaba cada vez que
me hablaba en tonos altos y bajos. Recuerdo viéndola de arriba con su
figura seductora, su porte profundo de andar hidalgo, seguro, sin
renuncia a las promiscuidades a las que la llevaba. Sin criticar
siquiera con las compañías que andaba, sin importarle las relaciones que
tuviera, siempre y cuando compartiera con ella los momentos puros de
adrenalina y vértigo. Solo pedía un día de esmero para ella. Esa
atención en donde fusionábamos cordura, encanto, devoción, recogimiento.
Esa fascinación oculta en sus entrañas que perennes quedan en mis
recuerdos impávidos de otras alegorías tan profundas como las de ella.
Al despertar, mis caros sentimientos hacían cordón alrededor de la cama.
Pasaron los días, semanas, meses, entre quirófanos y postergaciones de
salidas, unas tras otras. Sabía que el día llegaría. Ese día en que
preguntara por mi pequeña amada. Fue durante mi muerte que algo
recordaba del poste de luz. Una amiga me relató los hechos, como si
fuera la Biblia. Algo anunciado. No quise pecar de ignorante, presentía
que ella había muerto. Incapacitado estaba de resucitarla para otro
encanto.
Su cuerpo fracturado del violento impactó se fragmentó al medio, sus
órganos vitales quedaron desparramados en su negra sangre. Sola quedó
tirada, mirando sin mirar al cielo, iluminando con sus ojos de tristezas
y seguramente recordando el pasado en donde cada presión era persuasión,
cada curva era testosterona que desataba en furia sus garras, sus
fuerzas, su potencia.
Nunca dijo no a mi lujuria acelerada de mayor tiempo en su zona roja.
Esa magia profunda de reconocimiento mutuo. Allí quedó toda su humanidad
serena; imperturbable, confundiéndose con el entorno, siendo parte
tétrica de fotos insultantes de su pudor desenmascarado.
Dejó su sello en la columna de luz de una ruta conocida, y la ironía de
pasar siempre y recordarla. Más nunca, jamás volvería a verla.
Ahora las reminiscencias de oscuro castaño pálido, la añoran.
Quedaron las melancólicas cicatrices como tatuajes de vida. La nostalgia
de la marchita declamación, rememoran a quien fuera la primera, con
quién conocí el desenfreno, el enfado adolescente y una curva
ariscamente perversa.
La recuerdo de blanco como cuando la conocí, deslumbraba con su postura,
sus tiras de rojo carmesí de punta a punta y sus guardas finas doradas,
su vestir decoroso. Se impacientaba si la presionaba demasiado y sin
razón. Su andar, frenético, furioso, furtivo, hacía que yo devorara
insaciable cualquier encanto de aquel que sintiera que tenía algo mejor.
Su silueta de curvas fatales, inquietante, invitaba a montarla a la hora
que fuera, donde sea y cuando quiera. Ella que advertía mis temores, y
sabia de mis ambiciones, de mis secretos, de mis emociones, de mis
amores. Ella me enseñó lo bueno, lo malo.
Hoy la sigo buscando en vano, no la voy a encontrar. Para algunos existe
lo imposible, son en la vida inexplicable inconsistencias de vivencias
de asombro galeno. Otros solo el flagelo del paso por esta vida.
La sigo ambicionando. La perdono por no limitar mis excesos, la evoco en
cada encuentro, en la ruta, en las páginas web. En donde pueda seguir
los pasos de alguna descendencia de mi confidente, amante.
Hoy solo; con la sangre de mi sangre en mis espaldas, ya crecidos. Sigo
buscándola para un nuevo encuentro en el futuro. Sé que en esta vida no
la voy a encontrar pues ya la tengo empeñada por su dolor, que dejó
huellas imborrables en mi corazón. Quizás en la próxima, ¡mi querida, RD
400 DAYTONA SPECIAL!
Es lógico que no
haya fotos, solo las tengo en mis recuerdos...
AZUL INQUISIDOR
Resistencia
Chaco

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