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Rutas en dos Ruedas

 

 

Concurso “Mi historia de amor por la moto” 2008

¡Una moto... en su debido momento!

Por: Fernando Arévalo

Villaguay, Entre Ríos
 

 

Nando es amigo desde hace tiempo, pero se le pasó la fecha de cierre del Concurso. De todas maneras nos envía su relato para que disfrutemos de su historia de amor.

 

 

La moto… para entender un poco mejor este relato, tengo que retrotraerme en el tiempo.
Marzo del año 1975, mi padre tenia una flamante Gilera “Macho” modelo 1969 color roja y blanca como venia de fabrica.
Con mis dos años y meses, quien les cuenta, subía como podía a la moto y copaba la cima del tanque de combustible; para entonces mi papá ya le había cambiado el manubrio original por uno adecuado a mis necesidades de “mini copiloto”, el cual tenía una barra al medio que lo unía y es en esa barra de caño donde yo ponía mis manos como si fuera el conductor, que sin duda para mí lo era desde luego.
Y bueno… una vez allí instalado no me sacaba nadie, cuando íbamos a la placita mi papá paraba la moto en el caballete central y desde ahí mismo sin descender yo miraba las hamacas y a los demás gurises jugar, comía mis galletitas y golosinas, tomaba mis helados pero jamás me bajaba de la moto.
Incansablemente yo iba allí con mis largos pelos al viento, en verano claro… y en invierno… y con lluvia… ¡¡¡ya era una pieza mas de la moto!!!. Mi abrigo de invierno para salir era un poncho celeste y blanco con una capucha que mi mamá arreglaba antes de subir para que no me entre viento en los oídos me decía. Aun conservo el poncho… pero ya hace como 31 años que no lo uso por cuestiones obvias y mi mamá cambio el repertorio para cuando llega el momento de subir a la moto: _ “¡¡¡sos loco, con semejante frió te vas a andar en moto!!!”.
Y claro es de entender… no ve ella que yo tenga puesto el ponchito celeste y blanco con la capucha para el viento.
Esa sensación del viento en la cara, lluvia y frío jamás me abandono, sigue conmigo desde que tenía esa edad, y cada vez que subo a conducir mi moto lo hago con la misma ansiedad, que retengo en mi memoria, de aquella gran Gilera 200 CC.
Ese tanque fue mi trono por cinco años hermosos, el desencanto vino cuando me dijeron: _”bueno hijo ya estas grande para ir en el tanque, vas a tener que ir atrás”.
Atrás… no era lo mismo en ningún punto de vista. Me costo horrores entender eso y luego sobre llovido mojado como dicen; entra en escena mi hermana la cual paso a ocupar el tanque y cronológicamente mi hermano menor quien tiene un recuerdo visible en su rodilla izquierda del caño de escape, lo fue a recibir a mi papá que llegaba en la moto. El tenia 2 años escasos así que el escape caliente estaba a la altura de su rodilla.
Esa Gilera fue compañera fiel desde que me acuerdo y conozco prendido con ambas manos de esa barra de caño que unía el manubrio.
En ella aprendí a conducir… lo único que mi papá la quería tanto y la cuidaba como a cada uno de sus hijos así que recién cuando cumplí 18 años me la facilitaba solo para dar una vueltita y debía regresarla a casa.
Debo confesar amigos que por más ganas que tuviera de andar en moto, jamás di una miserable vuelta sin el consentimiento de mi padre a pesar de que él sabía que yo la conduciría bien.
Cuando hacia unos meses que había cumplido mis 20 años y ya con fecha de casamiento para el 4 de Diciembre, me llama un día y no se si por cuestiones de que yo era el mayor de mis hermanos o porque el vio en mi un sentimiento especial por aquella inseparable amiga… me dice: _”llevala cuando quieras, te la regalamos con tú mamá”.
Lo que mas lamento de ese día es haber sido yo al que le daban el regalo, porque sino hubiera visto mi cara de felicidad, la incredulidad en principio y el eterno agradecimiento a mis padres por el regalo y a Dios por cumplir mi primer deseo que en toda mi adolescencia se lo había recordado día a día.
Que sabio fue mi padre para escoger el momento ideal para hacer ese regalo especial.
Y así luego con un par de años y algo más de andar en “mí” Gilera ahora, mi hija mayor con sus 2 añitos paso a ocupar el lugar en la cima del tanque de combustible y prendida con sus dos manitos de la misma barra de caño que unía el manubrio en el cual su padre conoció el deleite de andar en moto.
Los sucesos históricos pueden ser parecidos pero no iguales dicen los entendidos en el tema. Digo esto porque mi hija hoy tiene 14 años y este año en Noviembre cumple los 15, en estos tiempos que corren se utiliza mucho al menos por acá, regalarle una moto a las gurisas cuando cumplen esa edad.
Ella esta esperando la suya por supuesto, como yo quería que mi padre me regalara su moto cuando yo era un adolescente o menos aun, que me la prestara para usarla.
Pero he aquí que ese hombre guardó sabiamente el regalo para cuando más necesario fuera, ¡¡esa Gilera siempre fue mía!! desde que yo viajaba sobre el tanque de combustible y ni siquiera podía conducirla.
A quienes les gusten las motos siempre tendrán la suya y la van a amar y cuidar como tal vez nadie que comparta esta pasión lo entienda, pero esto es igual que una fruta… hay que esperar pacientemente a que esté madura para disfrutarla bien…
Así que le recuerdo a mi hija que las motos se les regalan a los hijos con mucho amor cuando cumplen los 20 años y están bien maduros para disfrutarla.
Desde aquel tiempo hasta éste que corre hoy amigos fui teniendo varias motos y a todas las he querido y cuidado como se merecen, pero aquella Gilera fue la que marcó en mi vida el sentimiento casi natural les diría, por esta loca pasión.
¿Y la moto dónde está?... bueno, por razones personales no voy a develar el fin de aquella amiga inmortal. Pero si les sirve de consuelo…”siempre la recordaré como la fiel amiga que fue”.

 

 

 

La foto es de marzo de 1975, sepan comprender...

 

 


Nando…

Villaguay, Entre Ríos
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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