Salimos de Ushuaia un lunes a las 10:30 de la
mañana, desayunamos
en la panadería
La Unión, de Tolhuin y tardamos todo el día
para recorrer el ripio,
pasar por Río Grande y por San Sebastián.
Llegamos al cruce de la balsa justo cuando se
iba una de ellas,
así que esperamos una hora
hasta la próxima, mientras leíamos carteles y
juntábamos raros caracolitos en la playa
chilena del Estrecho de Magallanes.
Ella, la Jawa, portaba
orgullosa la bandera argentina,
que flameaba en tierras
extrañas.

Un cartel desagradable, recuerdo de otras
épocas...

La balsa Pionero, que
vende panchos a tres pesos y acepta moneda argentina...

Desde la balsa Pionero, casualmente la misma
que a la ida,
el cielo de las 21:40 hs. lucía así:

Una vista esplendorosa: caballos y guanacos
salvajes a la vera del camino.

¿En dónde te despachan nafta
con impecable camisa blanca y moñito?
En Las Horquetas, Santa Cruz,
los pagos de la familia Bull Fueyo...
El mozo que atiende la
confitería, también se ocupa del combustible.

Llegamos a El Calafate, una aldea muy cara, que
aprovecha la maravilla del glaciar.
En el Parque Nacional Los Glaciares, la primera
vista del Perito Moreno es ésta
y te deja pasmado...

Hay
quienes dicen que la superficie del Glaciar
es
como el merengue del lemon pie, pero celeste.
¡Probá un poquito!

Estuvimos cinco horas sin poder movernos de
adelante del glaciar.
Sus 60 mts. de altura sobre el Lago Argentino
son imponentes y la
vista no se cansa de mirar.
Aquí
ven uno de los desprendimientos, cuyo
estruendo suscitó los aplausos
y gritos de los cientos de turistas, la mayoría
extranjeros.

Los trozos de hielo desprendidos son como alas
azules y turquesas
a la deriva por el lago, que adopta distintos
tonos de celestes.

Saliendo de El Calafate, por la "mítica" ruta 40, bordeamos el lago y allá, a lo
lejos, adivinamos el contorno del cerro Chaltén o Fitz
Roy.
La idea original era subir
hacia el Norte patagónico por la Ruta Nacional 40,
que están asfaltando por tramos,
pero al llegar a
Tres Lagos (donde no se ve ningún lago),
después de haber padecido
los 165
km. de malísimo ripio
desde El Calafate, nos sentamos en el bar
de la Estación de Servicio
a descargar la impotencia y el
cansancio almorzando unos sandwichs.
Habíamos decidido cambiar
de camino, cuando aparecieron
Nanda y Jone,
tan destruidos como nosotros.
Así es que tomamos la ruta 288
hasta Comandante Piedra Buena,
(también de ripio, pero en mejor estado
por ser
poco transitada),
a donde llegamos pasada la
medianoche.
Acampamos en la Isla Pavón,
donde supo tener su casa el Comandante.
La ciudad, muy limpia y
prolija, es la Capital Nacional del Teatro y
llaman la atención las
esculturas iluminadas en las esquinas del boulevard principal.
A la mañana siguiente, mientras
desayunábamos en la YPF,
se nos acercó una pareja a preguntarnos
si éramos de la Zona Sur. "Sí,
somos de Banfield"...
El muchacho tenía un lavadero de autos
cerca de casa y nos había visto
cara conocida... Qué loco... Esos son los
encuentros increíbles de los
viajes: te cruzás con alguien a quien no conocés,
aunque sí, a 2500 kilómetros de tu casa!
De allí pasamos por Caleta
Olivia, Rada Tilly, Comodoro y tomamos la ruta nac. 26 que pasa por Sarmiento, hacia
Esquel. Lo más llamativo de este camino es la
gran cantidad de pozos de
petróleo en actividad, pero Sarmiento
no nos ha gustado mucho.
Llegamos a Gobernador Costa
justito con la nafta
(había mucho viento para atravesar esos 260
km.),
de allí a Tecka y ya
el camino nos resultaba conocido...
Estuvimos en Esquel
sólo una noche y partimos hacia
Bariloche, donde nos quedamos tres días.
En Bariloche volvimos a disfrutar de un
encuentro casual con Nanda y Jone,
a quienes llevamos a recorrer el tradicional
Circuito Chico,
por el Parque Municipal Llao-llao.

Una postal de San Carlos de Bariloche
y el Nahuel Huapi

En Punto Panorámico,
donde se imponen
el Hotel Llao-Llao, el lago Moreno y el Nahuel
Huapi, nos despedimos de " nossos novos amigos" regalándoles una botella de
vino de montaña...
No era nuestro primer viaje a
la Patagonia.
Tampoco era nuestro primer viaje en moto.
Sin embargo, no era uno
más.
Llegar a las tierras más australes, allí donde termina el mundo,
representaba un desafío digno de almas aventureras y voluntades firmes.
Cada fragmento del itinerario estaba planificado con antelación,
como si fueran
los capítulos de un libro de historias soñadas
a la espera de la pluma que las
convirtiera en realidad.
Seis largos días de viaje habrían de llevarnos hasta la
Tierra del Fuego,
que de tan lejana nos parecía imposible.
La moto, de nombre “Ella”, salió de casa con ochenta mil kilómetros
cumplidos y
en su periplo devoró 9524
kilómetros inolvidables.
Inolvidables por las huellas que dejaron.
En la moto, una fidelísima Jawa 350,
la suspensión delantera destruida
y la cubierta trasera inservible.
En nuestras
almas, la emoción inenarrable de lo vivido.
En nuestros espíritus, el afecto de
gente entrañable y desinteresada
que conocimos tan lejos de casa, y que infundió
el ánimo
necesario para continuar.
En nuestros ojos, una inefable sensación de
estar en lugares
y de presenciar acontecimientos que no pueden ser más que de
origen divino,
creas o no creas…
Si tuviera que musicalizar los momentos, indudablemente
Jim Morrison y temas de
las películas “Thelma y Louise”
y “Caballos Salvajes” nos acompañarían en las
despojadas rutas sureñas.
Allí donde la felicidad de andar y andar en moto,
rodeados de horizonte,
torcidos por el viento, bajo la lluvia fresca, soportando
el frío
o ignorando el calor, no tiene par.
El “Allegro Assai” de la Sinfonía Nº
9 de Beethoven,
popularmente conocido como “Himno a la Alegría”,
acompañaría la
magnificencia del Glaciar Perito Moreno.
Algo de Sui Generis, claro, se oiría en
las jornadas de camping.
Y una linda milonguita arrabalera flotaría en el aire
al girar
la llave en la cerradura y entrar a casa.
Nada fue previsible. Todo fue mejor de lo esperado.
Nos sorprendimos con el
viento indómito de Santa Cruz;
con los carteles de “campo minado” en la Tierra
del Fuego chilena;
con los guanacos, choiques, zorros, mulitas, flamencos, maras,
conejos y zorrinos que avistamos a cada paso;
con el intransitable estado de las
rutas de ripio argentinas;
con la perfecta armonía de los elementos de la
naturaleza en Ushuaia;
con la magia de los rompimientos del Perito Moreno,
el
glaciar que lleva un dignísimo nombre,
cuyos trozos de hielo perforan la quietud
del Lago Argentino
produciendo un sonido que eriza la piel; con las “cigüeñas”
que
extraen petróleo en Comodoro y en Caleta Olivia;
con los molinos gigantescos de
energía eólica; con los elevados precios…
En fin. Todo se presentó en grado
superlativo y de esa forma
quedará en nuestra memoria.
Como si fuéramos
gladiadores a quienes los dioses les pusieron pruebas,
a fin de que su odisea
fuera más victoriosa...
Porque
cuanto más complicada la
contienda, más glorioso el triunfo.
No podremos olvidar esa mañana en que el implacable viento austral
nos arrojó a
la banquina con moto y todo y debimos esperar en Río Gallegos
un día más para
seguir. No podremos olvidar los encuentros casuales que vivimos,
o los amigos
que conocimos personalmente sin preverlo, después de meses de intercambio de
mensajes electrónicos, o los nuevos amigos que hicimos
¡con quienes compartimos
tantas charlas!
Tampoco olvidaremos el color del mar, el sol atardecido en la
ruta,
la luna plateada en el cielo azul,
y… aquel ranchito con la bandera de River flameando en el campo
y… las montañas
y… ¡el cruce en balsa por el
Estrecho de Magallanes,
aquel que parecía sólo un dibujo en el mapa en la
escuela primaria!
No olvidaremos nada.
Ni aquel día que recorrimos varios kilómetros ripiosos
de
más buscando el bidón de nafta que llevábamos “por las dudas”
y luego nos dimos
cuenta de que colgaba al costado del portaequipaje de la moto.
Ni el ripio de la
Ruta 40.
Ni la vieja Trochita regresando
orgullosamente joven de El Maitén…
Y así, con el alma exultante por haber cumplido su sueño,
regresamos a casa.
A medida que recorríamos los 1600 kilómetros desde
Bariloche a Banfield,
en dos días, pergeñábamos
una nueva utopía: recorrer con nuestra moto todas las provincias argentinas.
Ya
llevamos 11 y faltan…
La pila de libros sobre el escritorio nos vuelve a la realidad diciéndonos
que
nos espera un año intenso de trabajo.
Ahora sí, ¡llegamos!
Imaginen la deliciosa milonguita y la llave en la puerta de
casa.
Que siempre es un buen lugar a donde llegar…
Gracias por sus charlas y los momentos
compartidos a:
Tulio y Liliana, de Viedma
Mary y Julio (en Jawa), de Lanús
Nancy Fernández y familia, de Ushuaia
Cristian y Wanda (en Jawa), de Lamarque
Fernanda y Jone (en Honda Falcon), de Brasil
Esteban (en bici), de Lanús
Marisa (en BMW), de Suiza
Oscar y Sonia, de Ushuaia
Julio, de La Tribu (en Suzuki), de Neuquén
Hernán y Vanina (en Yamaha), de Capital
El "viejo" de la BMW, de Nueva Zelanda
Los chicos de Holanda y de Alemania, (en Honda
y BMW)
Isabel, de Las Grutas
Mario, de Las Grutas
La pareja de "Locos por los autos", de
Temperley
Sebastián y Evangelina, de Bahía Blanca
Roberto, de Longchamps
Los chicos de Wind Riders, de Bariloche
Chimi, de Bariloche
El ex corredor de motos, de Buenos Aires
Mariela y Gabriel (en Transalp), de Buenos
Aires
Pedro y Claudia (en Honda Falcon), de San
Martín
El muchacho de Allen, que siempre nos visita en
Las Grutas
Adrián Barilari,
de Rata Blanca, que nos firmó un autógrafo
Los ex combatientes de Malvinas (en Gilera), de
Chascomús
Dr. Gregory Frazier (en Goldwing), de Estados
Unidos
Con todos ellos nos cruzamos en
algún punto del camino y
disfrutamos de momentos inolvidables.
Con algunos cenamos o
almorzamos, con otros charlamos en algún camping,
con otros nos encontramos
en alguna estación de servicio
y hablamos en una mezcla de spanglish
y señas muy graciosa...
Si se encuentran en estas páginas, escríbannos.
¡Fueron parte de nuestro sueño, no los
olvidaremos!

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depósito que prevé la ley 11723.
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