Como tantos otros, vivía normalmente, con su
trabajo estable, su ingreso fijo y por detrás una historia común de estos
tiempos, con cosas para recordar y otras para olvidar. Hijos ya criados,
encaminados y ocupados en forjarse un futuro mejor siempre con poco tiempo
para....
Eso de plantearse para qué tantos años de trabajo y esfuerzo y de porqué no
cambiar las cosas, se hacia cada vez mas una costumbre. Cambiar las cosas. No
las del entorno, la sociedad o los demás. Simplemente su propia actitud, en la
búsqueda de hacer sólo aquello que le proporcionaba placer, en su caso:
Viajar...
Pero no de esa forma tantas veces emprendida, planeada, a un sitio fijo y
determinado, donde todo ya estaba digitado de antemano. Incluso las salidas, la
estadía, los gastos y la vuelta (depresión post-vacacional también).
Pero algo así como un exceso de peso le impedía tan sólo arrancar: Culpa...
Culpa? De qué ? Por qué ?
El tiempo y la insistencia de ese pensamiento se encargaron de reducir semejante
mochila a tan sólo un paquetito de bolsillo que se acomodó en el rincón del
forro descocido de la vieja campera de pluma de pato...
Así fue que una fresca y soleada mañana de Octubre, como todos los días,
enfundado en abrigo, y guantes de cuero, encaró para su trabajo. La mochila aún
guardaba los pertrechos de la última salida de fin de semana: algo de ropa,
antipinchaduras, herramientas básicas y elementos de aseo personal. Ya rodando
la avenida, ella sonaba extrañamente hermosa, poderosa y como queriendo sentir
el viento. Sus dos ruedas se sentían más firmes que de costumbre, copiando cada
imperfección del asfalto, pero sin que duela la cintura (como las últimas
veces)...
La rotonda a la vista marcaba el giro a la rutina y mas lejos un cartel verde
con letras blancas aún ilegible, el punto de no retorno... El zumbido limpio y
metálico de la caja se dejaba sentir a medida que bajaba los cambios... 4ta,
3ra, 2da,... El ángulo de inclinación a la izquierda era casi matemático, como
todos los días, cuando el Sol mostró un reflejo distinto sobre el carenado... El
más puro instinto de conservación hizo que el puño derecho gire hacia abajo y la
inclinación a la derecha fue un acto reflejo... El cartel verde de letras
blancas ya legibles dejó atrás el punto de no retorno y ella dejaba oír el canto
de los escapes a su máxima expresión mientras la 5ta velocidad se afirmaba para
quedarse un buen rato...
Un par de segundos ausentes mostraron imágenes cerebrales de lo que hubiera sido
un viernes como tantos otros, que se quebró de golpe con el grito más íntimo y
profundo empañando un segundo el visor del casco...
Ella se acomodó en velocidad crucero y él se afirmó en el punto más cómodo del
asiento...
Tantas veces habló de libertad, la libertad de los países, la libertad de los
pueblos, la libertad ajena y la propia, esa que termina donde comienza la
rutina, pero era la primera vez que sentía su propia libertad sin medida, sin un
final programado... El sol marcaba el rumbo, y el único límite era el
horizonte...
El sonido de las últimas ranas del zanjón de la banquina se mezclaba con una
mínima sinfonía valvular, mientras las primeras gotas condensadas de neblina
chorreaban los espejos. El Sol irrumpía naranja y majestuoso detrás de un monte
y obligaba a contener la respiración... y sin salir del asombro el pájaro que
buscaba alimento se emparejó a la misma velocidad por algunos segundos, mirando
al extraño insecto viajero, alejándose después con una media barrena planeadora.
Se sentía el calorcito del sol en el casco y en las piernas, el horizonte, bien
argentino se teñía de cielo azul profundo con blanco de niebla baja como
presagio de un día espectacular. Se podía oler el pasto húmedo, el horno de
ladrillos, el zorrino furtivo... y la sorpresa de un cuis que obligó a peinar el
freno... al segundo el asiento se acomodó y el pulso volvió a su ritmo lo mismo
que el motor. Y así, siendo parte del paisaje, el tiempo, de verdad, el tiempo
se había detenido!
La vasta monotonía verde se quebró con la visión del cartel de una estación de
servicio, presagiando el incomparable placer de un cortado con medialunas
calientes.... El sueño iba terminando a medida que bajaba la velocidad, como si
lo hubiese despertado un ángel con un beso, y todo se volvió emoción compartida
al ver otras motos paradas con sus bultos aún atados. El saludo, la charla, el
bullicio y el tintineo de las cucharitas con el fondo de una vieja cafetera
Express...
El tiempo voló. Pero que importaba? Sin en un par de minutos iba a encarar otro
tramo de cien kilómetros de sol, de ruta, de viento.... de vida!
* Dedicado todos los que disfrutan del síndrome incurable del motociclismo que,
como muchas especies, alguna vez se desplazaron en cuatro ruedas y luego
evolucionaron para andar sobre dos.
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