Sacamos a pasear la carpa y las bolsas de
dormir, que yiraron todo el día en la moto con nosotros, pero justo
antes de cenar conseguimos una habitación en un hotel, que preferimos porque el
fresco se empezaba a sentir y porque en la carpa nos iban a devorar los
mosquitos.
El lunes bien temprano desde la ventana del
hotel, (maldita ventana por la que se colaron durante toda la madrugada las
sirenas de los trenes y los motores del desfile incesante de motos
trasnochadoras), comenzamos a escuchar la inexorable hilera de rugidos cansinos
que regresaban, cada uno para su norte.
Mientras estábamos desayunando y
desperezándonos en la Shell del centro, un chico en una Africa Twin llena de
calcos como nuestras Jawa, entró a la cafetería sólo para pedirnos un libro,
pues la parejita de Lincoln se lo había mostrado y quería llevarse uno. Así que
compró el último ejemplar, que estábamos guardando para Carlos de Ramos Mejía.
Lo curioso fue que a ese muchacho lo habíamos conocido un mes antes cuando
hacíamos la fila en una estación de servicio de Gualeguay, volviendo de
Diamante, y él aprovechaba a mostrar las fotos de su viaje en moto a Machu
Picchu... ¡Es verdad, qué chico es el mundo!
Después de desayunar, nos dimos una vuelta por
el camping, ya más despoblado, ya más tranquilo, ya más triste... Conversamos un
rato con Aldo y unos instantes con Emilio, pero no pudimos encontrar a Carlos.
Había que volver, pero qué fiaca daba...
El ritual de desarmar las carpas, despedirse de
los amigos y cargar las motos se desarrollaba con lentitud y nostalgia, envuelto
en los últimos humos de las fogatas.

Dimos una última vuelta a la laguna, como para
despedirnos de Las Flores hasta la décimo sexta edición del Encuentro, y vimos
que no éramos los únicos que recorríamos la pista del autódromo una vez más.
Al salir, nada de la algarabía del día anterior
quedaba en la entrada. Sólo la secreta y solitaria promesa del regreso...
Paramos en Monte para almorzar de parados unos
sandwichs de vacío en una parrilla colmada de motociclistas y, entretanto,
charlamos con Jordi y con varios chicos viajeros. Cada uno con sus sueños, cada
uno con sus máquinas, cada uno con sus destinos.

Dimos la vuelta completa a la laguna de Monte,
como para estirar un poquito más este fin de semana largo y luego sí,
enfrentamos con entereza la concurrida ruta 3. Que tanto amamos, porque nos
lleva hacia el Sur...
¿Dónde te encontraremos, amigo viajero, la
próxima vez?

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