No nos costó mucho decidirnos.
No nos pesó la época del año, ni el frío
primaveral de la Patagonia, ni el bolsillo flaco. Excepcionalmente, disponíamos
de los días necesarios para aceptar la cálida invitación que nos había hecho
"Julio de Madryn" en Diamante y que venía reiterando cada semana. Así que el
sábado 7 de octubre salimos de casa dispuestos a celebrar el cumpleaños de
nuestro "tío Julio" (¡más conocido que la ruda!) en la provincia de Chubut, a
donde habrían de llevarnos más de 1400 km.
Este nuevo viaje al Sur no fue uno más, porque
tuvo su encanto especial. En primer lugar, porque nunca habíamos emprendido un
periplo de tal envergadura para celebrar un cumpleaños (¡nuestro amigo lo
merece!), aún cuando sólo pude saludar a mi mamá por teléfono en el Día de la
Madre, (¡gracias, Má, sé que sabés comprender nuestro gusto por los viajes!). En
segundo lugar, porque es una época del año en la que normalmente estamos
trabajando y no contamos con más de un fin de semana para sacar a rodar la JAWA.
Y porque, además, no conocíamos el desierto en Primavera. Y porque el viaje
coincidía con un Encuentro de Motos madrynense. Y porque habría ballenas...
La cuestión es que a media tarde del sábado
llegamos a Sierra de la Ventana, en la provincia de Buenos Aires, y nos quedamos
tres días vagueando por sus paisajes serranos.
Fuimos a conocer Saldungaray, a una decena de kilómetros y,
aunque no pudimos entrar por no ser temporada de visita, aparcamos en el Fortín
Pavón, lugar histórico que fue reconstruido para apreciar la vida cultural y
natural de antaño.
Lo que surgió como mera posta de la campaña al desierto de Rosas,
cobró intensa actividad y en 1863 ya era el Fortín Pavón. Años más tarde tomó el
nombre de uno de sus primeros pobladores, el vasco francés Pedro Saldungaray.

Fuimos a Tornquist, ciudad cabecera de la región, en busca de una
casa de motos o bicicletería, pues en una parada en la ruta habíamos visto que
se había salido uno de los rayos de la rueda delantera, creemos que a causa de
un pájaro que no nos advirtió y se incrustó allí. La única bicicletería que
había no tenía rayos tan largos, entonces nos recomendaron probar suerte en
Bahía Blanca.
Ya que estábamos, aprovechamos para recorrer la que consideramos,
hasta hoy, la más bella plaza del país. Como si fueran los bosques de Palermo en
Capital, la plaza céntrica de Tornquist reúne lagos artificiales, fuentes,
puentes y una flora y fauna que sorprenden al desprevenido viajero. Ranas,
sapos, patos, gansos y hasta un flamenco se pasean indiferentes a nuestra
presencia. Estratégicamente ubicada, la cuidada iglesia sobresale por detrás de
la vegetación, que enmarca el monumento a Tornquist.

El martes dejamos las sierras y nos pusimos camino al mar. En
Bahía Blanca conseguimos rayos, pero no repusimos el que faltaba, sino que
seguimos viaje hacia Las Grutas, en Río Negro, lugar que suele recibirnos al
terminar cada año y al que esta vez sorprendimos en pleno octubre. Las playas
desoladas y las calles solitarias constituyeron para nosotros el mayor
atractivo, pues estamos acostumbrados a verlas repletas de veraneantes. Nuestra
actividad principal allí fue caminar por la arena y observar el mar durante
horas, que nos regaló los juegos de numerosos delfines y toninas, aunque no muy
cerca de la costa.
Éstas son las grutas que dan nombre a la villa, en los
acantilados de la playa. La restinga se cubre de un musgo verde atractivo para
la foto, pero peligroso para caminar.

Jueves 12 de octubre.
Tormenta en el mar, que permanecía sereno y turquesa como en una
postal.
¿Ven caer la lluvia?

Tomando un caminito costero en dirección Sur, se accede a otras
bajadas al mar, como Piedras Coloradas, El Buque o El Sótano. El sendero es de
ripio, con acumulación de arena que se desprende de los médanos. Allí viven
ellas y se dejan ver sin pudor, con ojos amenazantes:

Sábado a la mañana: hace una semana que estamos
de viaje. Nos esperan en Madryn y la Jawa está ansiosa por pisar Chubut.
¿Vamos?
Segunda parte: Puerto Madryn

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