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Rutas en dos Ruedas

 

 

2005 y 2006

Luis: un mexicano de viaje...

 

Verónica
y por supuesto "Ella"


Justamente el día de ayer, me vino a la mente la idea, o más bien el desborde del ímpetu aventurero, de planear un viaje a tierras argentinas. Así que me di a la tarea de comenzar a recabar información al respecto y cual fuera mi sorpresa que al estar buscando en google, la primer página que accedí fue la de ustedes.  Ha sido para mi una gran suerte pero creo que las cosas suceden por algo, así que leyendo sus crónicas de viajes, me inspiraron para iniciar el mío. Y que decir de las palabras de Chateaubriand al inicio de sus crónicas, es como un grito directo de impulso y de ánimo al alma.

Con la experiencia que ustedes tienen en esos viajes, me vendrían bien unos consejos, tips, lugares a visitar, en fin, incluir todo ello para que el viaje sea placentero y seguro.  Mi idea, a grandes rasgos,  es salir desde la ciudad de Villahermosa en el estado de Tabasco, México, recorrer Centroamérica, bajar hacia Colombia, Ecuador, Perú, Chile y llegar a Ushuaia, de ahí subir por Argentina (me gustaría pasar por Buenos Aires y conocer Bariloche), Brasil, Venezuela, de nuevo Centroamérica y de ahí México. Bueno, es la idea que igual puede irse adecuando a las situaciones, pero me gustaría ir planificando la ruta, equipaje, gastos, etc.  Por lo que su ayuda sería invaluable sobretodo por que Uds. ya conocen parte de esos caminos.

La fecha de salida la pienso hacer en enero de 2006, ahora me encuentro trabajando y ahorrando lo + que puedo.  Y bueno, el vehículo, me acompañaría mi BMW GS 1150 modelo 2000.

Así es que todo lo que ustedes pudieran aconsejarme se los agradecería muchísimo. Es algo así como los consejos de Obi Wan Kenobi a Luke Sky Walker, jejeje.

Bueno mis estimados compañeros moteros, les mando un fuerte abrazo y felicidades por todas sus aventuras en las dos ruedas, éxito.

Saludos cordiales
Luis Ernesto Abogado Reyes
Villahermosa, Tab. México


26 de marzo de 2006

Cajamarca es una ciudad pequeña pero con mucho movimiento. Su principal actividad es la minería y todos los servicios relacionados a ella, desde la venta de un tornillo hasta la renta de maquinaria especializada. A no más de 50 km se encuentra la mina Yanacocha que es la sexta a nivel mundial en producción de oro, si mal no recuerdo. Geográficamente la ciudad se ve privilegiada al estar ubicada en un valle por lo que el intercambio comercial de la zona se realiza aquí, de todos los pueblos de alrededor bajan para vender o comprar productos de todo tipo. Por tal motivo las calles de la ciudad siempre se ven llenas de gente a todas horas, los taxis, mototaxis y autos particulares circulan desesperadamente, rebasando ya por la derecha o la izquierda eso no importa, lo que importa es pasar. Aquí se maneja como si anduvieras a caballo; el tráfico es realmente un desmadre. A pesar de ello es una ciudad agradable.

Carnaval en Cajamarca es la festividad por todos los habitantes esperada. La mayoría de las actividades en la ciudad giran entorno a ella y es pretexto para cualquier situación: te quedas sin dinero, te emborrachas o la novia te deja, “el carnaval tiene la culpa”. El día esperado es el lunes del corso o de desfile, aunque desde el jueves previo inician los festejos en la plaza de la ciudad con un lleno total, gente cantando carnavales, bailando y sobretodo tomando. La plaza por la noche pierde su fisonomía para convertirse en una gran cantina, así como el Cervantino en Guanajuato, la venta de cerveza y vino está por doquier y los borrachos meando ya no detrás de un arbusto o de la puerta del auto, si no donde puedan bajarse el cierre y relajar la vejiga. Sin embargo no deja de ser interesante el mezclarse entre la multitud y hacerse partícipe de la festividad, no es necesario que uno compre alcohol cualquier grupo de conocidos o no, siempre están dispuestos a invitarte más de un trago.

En esta temporada de carnaval es normal que durante las horas del día, recibas un globazo con agua o mejor aún, que tú seas el que lo tira sin recibir reclamo alguno, es la tradición. Esta situación crece exponencialmente el día de la entrada del carnavalón, que es el día sábado, cuando se pasea por las calles de la ciudad a dos muñecos: el ño carnavalón y la ño carnavalona. El paseo inicia a las tres de la tarde pero desde las diez de la mañana se ven por toda la ciudad grupos de personas arrojando agua, pintura, grasa, aceite o cualquier sustancia líquida que pueda causar estragos al que lo recibe. Los balcones de las casas y las azoteas se convierten en torreones inexpugnables, desde donde los blancos son perfectos, solo le queda a los transeúntes sobarse la espalda al recibir el globazo o bien, refrescarse bajo los chorros de agua. Los autos, camiones, taxis y demás, también reciben lo suyo, desde un globazo hasta pintura vinílica en el mejor de los casos, el peor, aceite y pintura esmalte.

Este día del carnavalón alrededor de 20 personas montamos en una camioneta, cargados de 200 lts. de agua, más de 40 globos, aceite y pintura. Mientras recorríamos la ciudad dábamos y recibíamos cualquier cantidad de agua, pintura y aceite. Aunado a ello, la lluvia hizo acto de presencia y la temperatura descendió paulatinamente, por lo que la botella de ron no pudo faltar para que el cuerpo entrara en calor. De vuelta en la base conversamos sobre el éxito obtenido: diversión absoluta ante una tradición muy peculiar. Horas más tarde la ciudad se sume en un sopor después de tan cruenta batalla, las tropas se repliegan para tomar fuerza y abastecerse para continuar la lucha, pero ahora en la plaza, entre coplas de carnavales, música y alcohol. La fiesta continúa en el tradicional baile del sábado de carnavalón, que se extiende hasta tempranas horas del siguiente día. Ya sea que acudas al hotel más “nice” o a la pista acondicionada de algún restaurante, siempre encuentras algarabía y derroche de felicidad.

Es lunes, y la gente desde temprano comienza a desplegarse por todas las calles que recorrerá el corso. Miles de personas sentadas en gradas, plataformas de camiones o desde sus casas esperan impacientes. En casa de Panchillo, la ansiedad es igual, ya que él al igual que su hija y sobrinas participarán el en corso y mientras ultiman detalles sobre sus disfraces, tratan de convencerme para desfilar junto con ellos. Qué chingar, el corso es una vez al año y no todos los años estoy en Cajamarca. Once de la mañana y voy caminando, casi corriendo, por llegar al lugar desde donde iniciará el corso, junto con Panchillo, Nena, Senia, Eleana e Irina, todos ellos de gitanos(as) y yo, disfrazado de árabe. Cinco kilómetros y cuatro horas más tarde finalizamos el corso, mojados por la persistente llovizna y los cientos de globazos que surcan el aire. El desfile lo hicimos con una comparsa perteneciente a un centro comercial, El Quinde, que pronto se inaugurará. Los dueños son españoles y peruanos y uno de los primeros me dice: mira la gente, se divierte viéndote divertirte, se divierten por verte tomar y bailar. En efecto, pensé yo, cada quien hace su parte para crear un ambiente único.

La temporada de carnavales llega a su fin con el entierro del carnavalón. Pretexto más para seguir la juerga. Ese día mejor opto por ir a Los Baños del Inca, un balneario de aguas termales a tan solo 6 km de la ciudad, acompañado de Senia y Eleana.

La tranquilidad vuelve a Cajamarca, por decirlo de alguna manera, ahora el próximo sábado es un día especial y la fiesta se centra en ese día. Cuatro de marzo y también es cumpleaños del Cacho quien organiza la fiesta en Llacanora, un pueblo a 15 km de Cajamarca. 29 años no es nada respecto al tiempo en el universo, sin embargo en mi paso por esta vida puedo decir que ha sido de inmensa gratitud y felicidad.


Viaje a Trujillo


Trujillo está a unos 300 km de Cajamarca, por lo que el día 8 decidimos bajar hacia allá, y digo bajar, ya que aquí estamos a 2800 msnm y Trujillo es costa. El grupo está conformado por Cristian en su llama enduro 200 cc, Coqui en su Honda 450 CRF, Califa en su Africa Twin y yo. El camino nos lleva primero a la abra El Gavilan, haciendo un ascenso, después la majestuosidad de la sierra nos da la bienvenida y las nubes nos observan, ahora ya en un serpenteado descenso sobre el asfalto que a veces se vuelve terracería y otras más un lodo que trae consigo recuerdos a ras de suelo. Llegamos a Chilete y tomamos la decisión de seguir por un camino de terracería o trocha que nos lleva a Contumazá. La lluvia hace presencia y ésta, nos acompañaría por casi el resto del camino. La trocha va en ascenso entre barro y piedras, curvas en U y barrancos por un lado. En algunos lugares el barro cubre más de la mitad de las llantas y mientras yo me esfuerzo por controlar a la Negra, la enduro y la cross pasan como en su casa. Llegando a Contumazá la moto de Coqui falla, el Califa es el experto en mecánica, quien en una hora desarma y arma la moto para corregir el desperfecto. Todo en orden y sigue el viaje. Más adelante ahora falla la moto de Cristian, y nuevamente el Califa al rescate. Las horas avanzaban rápidamente pero no asì nosotros, bueno, el Califa y yo, ya que Caqui y Cristian iban por delante. Mientras tanto seguía el ascenso, la lluvia, neblina, deslaves y barrancos. Paulatinamente caía la noche y pareciera como si entrelazara sus manos, como regocijándose por nuestras penas, pero la adrenalina de aventura mitiga cualquier dolor. Luces encendidas y el Califa detrás de mí, de pronto su luz se desvanece y unos cuantos metros adelante paro para a esperar y solo el silencio me habla. Regreso caminando poco a poco y a lo lejos se escucha la voz del Califa pidiendo auxilio, ha caído y el cansancio no permite levantar la moto por lo que acudo presuroso a su llamado. Moto arriba y el ánimo igual y seguimos de frente, sin separarnos más de cinco metros y yo voy por delante. La lluvia continúa y cada vez con más fuerza, el cielo llora de alegría no de tristeza, y nosotros rodamos metro a metro riendo con él. Llegamos a lo más alto del cerro y ahora el descenso inicia, la neblina se extingue poco a poco y deja entrever mejor el camino que ahora, se ha convertido en riachuelo. Por ambos lados de las huellas del camino desciende agua de tal forma que pareciera que vas manejando dentro de un arroyo, entre piedras y con derrumbes y barrancos por los costados. Un cambio repentino de una huella a la otra me hace perder el equilibrio y un segundo más tarde estoy en el suelo, ahora el Califa acude a mi auxilio y nuevamente seguimos la ruta. Coqui y Cristian han desaparecido por delante, el problema es que sus motos no tiene luz. Más adelante y en una pequeña casa abandonada encontramos a Cristian quien al vernos hasta brinca de felicidad. Su espera en ese lugar fue de casi una hora en la oscuridad total, mientras tembloroso se acercaba a nosotros preguntaba a Califa si traía un poco de ron para el frío y el miedo a lo que respondió que no y seguimos avanzando los tres juntos, con Cristian al medio para irlo alumbrando. El descenso del cerro finaliza en Cascas, pequeño pueblo en el que se hace vino. Ahí se encontraba Coqui quien dos horas antes ya había llegado, cenado y descansado. Eran las 8:00 p.m.

Saliendo de Cascas la moto del Califa falló, la bomba de gasolina dejó de funcionar por lo que conectó el tanque directo al carburador, afortunadamente en Cascas cargó gasolina, por lo que traía tanque lleno y así la gasolina por gravedad bajaba sin problema alguno. Ahora, el arroyo por camino que nos condujo hasta Cascas se ha convertido en piedras de todos los tamaños y presentaciones, de vez en cuando hay charcos que parecen lagunas donde el agua llega a la mitad del motor. Yo espero a que pase primero el Coqui y ver su trazo para seguirlo, más adelante y ya con más confianza entro sin pensarlo dos veces. La lluvia dejó de caer al menos dos horas antes, por lo que el cielo se encuentra limpio, el cauce del río va a nuestro lado y se escucha perfectamente su andar que de vez en vez se hace más estrepitoso que de costumbre al chocar contra las rocas. Paramos por un momento, el viento sopla suave y entre el claroscuro de la noche se ven los arrozales balanceándose de un lado a otro, en un vaivén armonioso, mientras tanto, pareciera que de pronto aparece frente a nosotros una lluvia de estrellas o una ciudad entera de noche, con su bullicio luminoso que invita a bailar con él; son las luciérnagas que nos dan las buenas noches.

Por fin asfalto. Después de un camino en extremo duro, rodamos sobre la suavidad de lo que ahora parece algodón, entre cañaverales y oscuridad absoluta y es aquí donde nuevamente la moto del Califa falla, el nivel del tanque de gasolina no es el suficiente para que siga bajando al carburador. El nos comenta que ya había pensado en ello por lo que inmediatamente quita el recipiente del líquido refrigerante de su moto, le coloca una manguera que llevaba, la cual la conecta directo al carburador, llena de gasolina el recipiente, quita un cordón de sus botas, lo amarra al recipiente y se lo cuelga al cuello. Con el recipiente en alto, hay la presión suficiente. Problema solucionado y seguimos el camino.

Son las tres de la mañana y por fin llegamos a Trujillo. EL viaje que inició a las once de la mañana y que parecía de unas cinco a seis horas, se convirtió en una travesía de 16 largas horas. Excelente experiencia.

El camino de regreso a Cajamarca lo hicimos como la gente decente, por la Panamericana, aunque solo viajamos el Califa y yo debido a que Coqui dejó su moto en Trujillo y la de Cristian quedó fuera de servicio: pistón y anillo rotos.


La Larga Estancia


Mi llegada a Cajamarca fue el 21 de febrero y exactamente el 21 de marzo la Negra y yo surcábamos el asfalto entre un cielo en extremo limpio y despejado, como augurando buena fortuna, con rumbo a Trujillo. La llegada a Cajamarca es ya consabida, la despedida la puedo sintetizar en unas cuantas lágrimas.

Este mes tuvo, como un buen amigo me lo dijo, “poderosas razones” para mantenerme cautivo y embelesado. Cualquier nimiedad se torna un motivo hermoso para hallar belleza en toda existencia, cualquier nimiedad cuando existe tal fuerza, tal pasión, tal locura de una mirada o una sonrisa destellando frente a ti. Entonces no importa nada más.

Por un momento pensé quedarme más tiempo pero el corazón me dijo que era hora de partir, a pesar de todo, a pesar de ella. El tiempo da consistencia a las sustancias, aún por etéreas que sean; da consistencia al amor.

De nuevo en la ruta


Al día siguiente de mi llegada a Trujillo, llevé a la Negra a que le cambiaran el líquido de las barras de suspensión y los retenes, también cambiaron los empaques de la bomba del freno trasero ya que estaban muy bajos. Una buena lavada y todo listo para continuar. La estancia fue en casa de los padres de Cristian, incluso el viajó conmigo de Cajamarca a Trujillo, como dirían por acá: me hizo la “taba”.

Hoy el instinto nómada se agitaba de nuevo, la sangre fluía al sentir de nuevo el viento en mi rostro y la Negra, briosa, se desplazaba veloz y atrevida. La ruta me lleva en dirección a Lima, entre un paisaje misterioso y extravagante. El desierto por doquier, con formaciones montañosas que ahora se cubren no de los verdes infinitos, si no de los terracotas ardientes, de suelos yermos y el contraste sublime del azul turquesa del mar. Así caminas bajo un sol brillante pero con aire frío y a veces, con una neblina que borra toda visión y fusiona al mar con el desierto. De igual manera, el viento proveniente de la costa te mueve de un lado a otro, siendo que en ocasiones vayas inclinado manejando con una nalga fuera del asiento para contrarrestar la fuerza con que empuja.

En todo este paisaje, se observan esporádicamente caseríos lánguidos, tristes entre la soledad, como reflejando los rostros de sus habitantes, reflejando la incertidumbre del mañana. Este panorama me recuerda la narrativa de Luis Spota en “La Sangre Enemiga”.

Es de tarde y voy llegando a Lima, por el lado de Ventanillas. Por un momento pareciera que estoy en Tlalnepantla, en el Estado de México. Sigo el flujo de los autos hasta llegar a un barrio llamado San Miguel, donde la avenida se cubre de centros comerciales, transporte urbano y un chingo de gente. Justo a lado del hotel donde me quedo se encuentra un Instituto que imparte clases de inglés y computación y al dar el toque de salida a las 7:00 p.m. es como si alguien hubiera golpeado un panal. Un enjambre de personas se lanza a la calle, como si fueran a atacar cualquier cosa que se mueva. La noche me llama al descanso sin embargo, prefiero ver tele un rato. “Amar te duele”, la película que me mantiene en vilo.

8:30 de la mañana e inicio la ruta de hoy con destino a Nasca. El vigilante del hotel me hace un croquis para salir de Lima, tomando la Av. Costa Verde la cual bordea la playa. El mar rompe fuerte, con olas que llevan de viajeros a surfistas que se ven a lo lejos, siempre que la neblina los deje ver, mientras que en la orilla la gente corre o bien, en las canchas de futbol, se ven a los equipos ansiosos de goles.

Por fin fuera de Lima y el corredor hacia el sur está lleno de playas turísticas, siendo la más “pituca” o “fresa” la de Asia, a 97 km., con centros comerciales y tiendas exclusivas (como lo dicen los anuncios) además de las casas de playa, los resorts y spa. El camino se vuelve en ocasiones tedioso: rectas interminables y pocos vehículos, arena y más arena. Es así como llego a Ica para visitar el Oasis de Huacachina. Por un momento pensé que estaba en medio del Sahara, entre palmeras y viento fresco con dunas gigantes que parecen montañas. Aquí se practica el sandboard o bien por 12 dólares te llevan a un recorrido de 2 horas entre el desierto a bordo de un tubular. Prefiero observar el oasis y descansar un rato. Lo único que hace falta aquí son los camellos, que de hecho ya fueron donados por el gobierno de Marruecos, sólo que están construyendo el corral para tenerlos.

Avanzo a un ritmo cómodo entre el desierto, llego a una planicie extensa y en el horizonte se dibujan tenuemente las elevaciones montañosas, como difuminadas. Es entonces que por un momento se pierde la noción del espacio, parado en medio de la nada, escuchando al viento. Después de este trance me incorporo para seguir sobre el asfalto y por fin aparecen algunas curvas interesantes, descendiendo hacia un pequeño valle. La piel que cubre a las montañas se parece a la de un Shar Pei, o incluso peor, los pliegues me parecen incontables. Paulatinamente el paisaje pasa de la arena a las rocas y de nuevo te sumerges en un valle silencioso, místico, ancestral, mágico. Estoy al pie de las líneas de Nasca. Me estaciono en la torre que se erige especialmente para el propósito de observar dos líneas completas, el árbol y la mano. Contemplo atento todo mi alrededor y es espectacular, me pierdo; es sublime estar así.

La ciudad es pequeña y bonita, sobre todo ahora que ha caído la noche y la plaza es iluminada por luces blancas, con gente a su alrededor disfrutando del viento que fresco corre por el lugar. El hostal que encontré me parece genial, por 20 soles estás en un lugar seguro y agradable, incluso me dieron una botana de bienvenida: palomitas (cancha, poporopos o popcorn). El tour completo en avioneta cuesta 40 dólares pero he decidido utilizarlos para lo que viene.

Mañana la ruta es a Cuzco, a encontrar la magia en los Andes.

Luis E.

Nasca, Perú

25/03/06


(Rutas en dos Ruedas sugiere ver aquí más sobre las líneas de Nasca en Perú:

http://www.yachay.com.pe/especiales/nasca/figuras.htm)


8 de abril de 2006

Hoy se cumplen 3 meses de haber iniciado este viaje. Gratas experiencias, lugares inolvidables y gente extraordinaria.  De Nasca a donde hoy me encuentro,  me faltan palabras y algo de tiempo para describir todo lo que mis ojos han visto y lo que he vivido. El relato está en proceso.

 

Por lo pronto el punto de llegada, Ushuaia, se acerca cada día más. Son solo 4,721 Km. de distancia.  Hasta hoy, el recorrido ha sido de ya casi 13,000 Km.

 

No queda de otra, hay que seguir rodando.

Luis Ernesto

Salta, Argentina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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