Con paso ágil y animoso, desciendo cada escalón como si se
ralentizara el tiempo a cada paso que doy, y en cada escalón de madera vieja que
piso en dirección al garaje, me salpican en la mente imágenes intercaladas de lo
que dejo atrás y lo que voy a encontrar.
Cruzo un largo pasillo de tierra, con arena blanda que amortigua mi paseo, y
entre arbustos y rosales me hago sitio hacia la gloria.
Voy armado, llevo todo: mis botas de cowboy, mi casco de John Wayne, la zamarra
de piel bovina, las hombreras y coderas ajustadas a mi cuerpo. Mi paso erguido y
acompasado, hasta que me frena mi máquina leal, como caballo de hierro, como
jamelgo de Caballero, como montura de apache, como estructura de oro que el
ingeniero un día quiso darle la vida.
Y en un segundo me convierto en todo, en el Vaquero recio, intrépido y
aventurero, en el Caballero de hierro, de leal nobleza y valientes ideales, el
salvaje y sabio apache, nacido de la naturaleza, del viento y de las nubes, de
las praderas y los valles, de las águilas y las yenas; en el ingeniero conciso,
formado en la constancia, instruido con experiencia, preciso hasta el delirio.
Antes de montar, sueño e imagino, idealizo un destino, y recorro en el ligero
entramado de mi cerebro, el trazado de la pista, cada curva asfaltada, cada
recta infinita, el viento en la cara, el sol en la retina, los insectos
interrumpidos a mi paso por su vida. Mucho y algo más transcurre en mi fugaz
viaje rodado en las ideas, y que ni si quiera se acerca a una infinitésima parte
de lo que me espera en el Camino.
Ruge el motor del Fénix azul emulando al cielo, y una mañana más, esta vez con
dirección al norte, avanzando en el camino que tracé.
Serán tan solo 24 horas de aventura rodada, a golpe de puño duro, de mano mansa,
de calmo rodaje; saliendo de Madrid, pasando por Navacerrada, el Puerto del
mismo nombre, la Granja de San Ildefonso, donde allá por el 1.721 el Rey Felipe
V comenzó las obras de un grandioso palacio al estilo versallesco, insertado
literalmente en las mismas montañas de la Sierra del Guadarrama, junto a
Segovia, ciudad pequeña y monumental que fue también punto de paso de interés en
esta que voy a llamar ya, la ruta 24, aludiendo a las horas que pasaron desde
que vibraron con nobleza los cuatro cilindros de mi moto compañera, hasta que
consiguieron un engrasado reposo a mi vuelta, en el garaje de mi propio palacio.

Segovia, es la ciudad del Acueducto romano, una obra
monumental de casi 2.000 años de antigüedad, el siglo II le vio nacer piedra a
piedra, sin argamasa, sin cementos ni artilugios sofisticados, conduciendo el
agua del actual manantial de la Fuenfría a 17 km. de la misma Segovia.

Y después, a pocos kilómetros de allí, alcancé Turégano, con
su plaza porticada, que se muestra como un amplio paso de la carretera que me
llevó a ella, y que parecía reflejar las bonanzas de otros tiempos, la nobleza
de la tierra y la riqueza de su pueblo. Hacia el final de la plaza, continuo la
carretera, que se estrecha en un paso como porticado, y este no me deja ver el
final del camino; más bien porque el trazado se hace totalmente geométrico, y la
carretera forma una “L”, literalmente una “L”. La carretera empezó a inclinarse
hacia arriba, y cuando pasé este codo misterioso, encontré un inmenso muro de
piedra que se levantaba frente a mi, tan repentino y tan alto, que creí que se
había acabado la carretera, y entonces entendí la forma de “L” del trazado del
asfalto, que era necesario para rodear la falda de una colina, salvando un
inmenso y completo Castillo “castellano”, que fue alcazaba mora, recinto
fortificado dentro de una muralla, y me dejó tan absorto la inesperada
sensación, que mientras pasaba el pueblito de larga historia, yo dejaba atrás
una larga mirada, volviendo la cabeza sin atender a la pista mientras los cuatro
cilindros de Fénix comprimían con todo el coraje.


Y así continué pasando en mi pequeña ruta, pequeños pueblos,
sobrios y elegantes, vestidos de sus campos primaverales, verdes-verdes, menos
espigados y más floreados, cimbreaban cada tallo de todas las verdes, rojas,
amarillas, violetas y blancas plantas.
Iba pasando entre amplias curvas, una a la derecha, otra a la izquierda y luego
una larga recta, kilómetros de rectas sucedidas por amplias curvas, de trazada
cómoda, de rápida entrada y más rápida salida a puño retorcido, así llegué a
Cantalejo, después Fuenterebollo, alcance San Miguel de Bermy, pasado éste me
detuve un rato breve en el primer pueblo al sur de la provincia de Burgos, que
para mi era conocido, y también para sus 234 habitantes y para mi buen compañero
de trabajo diario en la gris, turbia, aburrida y tediosa empresa, de la que con
bendita rutina cobramos todos los meses un merecido salario. A él debo esta
ruta, se llama José Luis, y su familia es muy querida en esta su amada tierra.
Moradillo de Roa, sencillo y hospitalario, de gentes recias, de trabajo, de
viñas y bodegas familiares excavadas en cuevas, como en tantos otros pueblos de
Castilla. Cuando paré en el Moradillo algo desconocido, me vino a la mente:
quién más podrá ver esto, quién más que yo vendría para comprobar su existencia,
quién más comprobaría una realidad que no se pierda en el tiempo, y de este modo
proyecté con mi imaginación, que mi pequeña ruta podría tener más sentido si la
trasformara en aventura, hazaña, epopeya, evocando las palabras del Replicante
de Blade Runner: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en
llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la
puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como
lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

A mi me quedaban muchos kilómetros aún, no podía morirme antes
de alcanzar mi objetivo: antes de salir de Madrid decidí de modo claro y
perseverante, encontrar un gran cañón, que hacía un año encontré por casualidad,
y mi mala memoria y despreocupación, habían hecho posible que no supiera cómo
llegué hasta allí tras una de mis huidas del contaminado y ruidoso Madrid. Así
pues, me resultaba más divertido descubrir nuevas carreteras, distintos
asfaltos, nuevos paisajes, mientras ponía dirección al norte hasta descubrir un
atisbo de luz, un fogonazo, un destello en mi memoria, que me permitiera
reconocer la sinuosa y estrecha carreterilla de graba sobre alquitrán, que me
conduciría hasta un profundo corte en la Tierra, un amplio horizonte de
naturaleza, un largo camino de vida desde donde nace el río Ebro.
Tras mi episodio fantástico de Moradillo de Roa, continué por Torregalindo, ya
muy cerca de este encontré a mi paso por Aranda de Duero, una esbelta y
pelirroja melena rizada hasta la cintura, la señorita montaba una gigantesca BMW
1200 GS, ella sola manejaba los 100 CV repartidos en dos enormes cilindros boxer,
dominaba con destreza aquella máquina, me hizo una seña con el brazo y la
mirada, me di la vuelta en su dirección, y me explicó que comenzaba una
estupenda concentración de motos durante 3 días de ese fin de semana, la Biker
Show Racing. Me recomendó que me quedara, y aunque no había ningún motivo que me
lo impidiera, soy hombre de compromiso con mi propia aventura, más que
aventurero de improvisadas ocasiones, así que decidí buscar el destino que me
había impuesto y le prometí que a la vuelta nos veríamos.
Ya eran las 20:30 h., aún me quedaban unos kilómetros, no muchos, pero temía que
anocheciera antes de llegar al Hotel Santo Domingo de Silos, en el que había
reservado habitación para esa única noche. Antes quise pasar por Briongos, la
pequeña aldea de 30 habitantes en la que tengo algunos amigos, y allí encontré a
Jana y Carlos, y a Puri, la más querida joven alcaldesa de la comarca de Arlanza.

Eché el rato con una cerveza y cuatro abrazos, y cuando ya el
sol era tenue pero aún dejaba sombras entre luces, me despedí para recorrer tan
solo los 12 Km. que me separaban del monástico pueblo de Santo Domingo de Silos.
Allí llegué, poco, muy poco antes de que la luz del sol se ocultara en el
horizonte. El monasterio lo ocupa todo, es el centro de las miradas de los
turistas, es el motivo de la visita y es el alma tranquila y silenciosa de los
pobladores. Pues si, allí mismo dormí, frente a los muros de sólida piedra del
siglo X, allí reposé no tanto del viaje, como de las estresantes estructuras
artificiales de cemento y acero, de vidrio y metal, torres de babel
ininteligibles a los ojos de las praderas, de las colinas y los páramos.
A tan sólo 25 metros de mi habitación se alzaban los muros de la meditación, las
piedras de la virtud, con el mismo silencioso espíritu que recoge la vida diaria
de los monjes, así de ese modo dormí yo. A la mañana siguiente desperté con
ansias de emprender la búsqueda del Cañón del río Ebro, y antes de ello tomé un
escaso aunque suculento desayuno, habría necesitado algo más para arrancarle a
la mañana toda su energía. El sol lucía intenso, el viento no era racheado sino
constante, pero era fuerte y agradable.
Un corto paseo por el pueblo, me llevó hasta la visita turística del Monasterio
de Silos, y junto a un grupo más amplio me uní a las explicaciones de rutina de
un guía autómata que citaba de carrerilla frases enteras sin comas ni puntos,
como la lección aprendida de un niño que no comprende lo que estudia. Explicó
nociones de Historia del Arte, de la evolución del Románico entre los siglos XI
y XII, estilos que pasaron por este edificio singular, cuyo claustro es aún el
centro de la vida de la comunidad.

Volví al hotel, anclé las maletas de la moto, y arranqué pleno
de ilusión porque esa mañana lograría mi objetivo de paz y contemplación de la
naturaleza. Salí del pueblo de Santo Domingo de Silos con un buen acelerón,
arreando a Fénix los 77 caballos que relinchaban deseosos de encontrar en el
camino todo lo que nos hiciera vivir, sentir, respirar, llorar, reír, sonreír,
en definitiva estímulos para que el corazón no se olvide de que está vivo. Sólo
había recorrido 10 Km. cuando decidí parar metros antes de entrar en un túnel,
horadado entre las rocas que se elevaban imponentes y repentinas, como dos
gigantes en el cuento de Gúlliber, tratando de acercarse una a la otra y sin
embargo, separadas por un estrechísimo desfiladero que refrescaba el arroyo
torbellino de aguas encrespadas que entre ambas formaciones borboteaba con
saltos de agua, chorros rotundos erosionando la piedra, dibujando como un cincel
natural caprichosas formas en la roca. Recorrí en unos minutos a pie el pasillo
construido para contemplar semejante atracción, “La Yecla”, así se llama a esta
alegoría de dos enamorados de piedra que dejan correr entre ambos un fogoso
caudal de aguas trepidantes y que en hierática postura jamás alcanzan el beso
deseado.


Continué mi camino, más arriba en el mapa, hacia el norte, con
dirección a Santander, aunque yo me quedaba mucho antes de llegar a esas playas
del mar cantábrico que bañan de espuma marina la arena de esta Castilla
marinera.
En el trayecto que sigue desde Burgos a Santander, el paisaje es precioso, las
carreteras son perfectas para disfrutar con la moto, puertos de curvas rápidas,
amplias y seguras, paisajes que dejan la boca abierta, toda la gama cromática
sobre mi retina, tantos colores salpicados con orden y sin discriminación, que
ya me hacían recordar los lugares que hacía un año me condujeron por casualidad
al Cañón que ahora buscaba.
Extensiones abiertas que mientras contemplo desde la soledad de mi viaje, siento
el alma acompañada y en serena conjunción con el paisaje. Verdean las espigas
del trigo y a cada ola del viento una onda en el trigo escolta mi camino como
delfines en la tierra.
Y así voy surcando los mares, los puertos, sus montañas y sus valles, y desde
arriba después de haber ascendido curva tras curva hasta el Páramo de Masa, a
1.050 metros de altitud de esta tundra ibérica, que oculta en su planicie la
fauna y la flora que lo hace más atractivo a los ojos.
El motor sigue en marcha, las ruedas giran y giran transportándome con mi carga
a estos lugares que me dan motivos para alegrarme, y así continué por Tubilla de
Agua, Covanera, de fantásticas formaciones rocosas provocadas por la erosión del
viento en sus anaranjadas rocas, después San Felices, Valdelateja, Escalada, y a
mi izquierda dejo Orbaneja del Castillo.

Mientras conduzco, se suceden las imágenes más inmediatas como
relámpagos de luz que hablan de velocidad, y desde lo alto de una de las curvas
oteo en uno de los valles el aterciopelado manto del intenso rojo de cada pétalo
de amapolas, que como en un collage imposible me hacen creer que lo han hecho
para mi.
La primavera de esta Castilla se pinta en rojos con brío, en verdes encendidos,
en vientos que purifican, en horizontes profundos que hacen pensar que nada
tiene fin. Como un viaje que no acaba aquí.

Por fin, por fin, reconozco esta curva, reconozco este valle,
reconozco ese cruce, por fin voy dando forma en mi memoria al trayecto que trace
hace meses hasta arribar a Pesquera de Ebro. Un cruce oculto a la derecha,
detrás de un puerto de ensueño, me dirigiría a esa estrecha carretera, en la que
no pasan dos coches si se encuentran frente a frente. Un asfalto de derrape,
plagado de grava fina y gruesa, de sinuosas revueltas y vegetación frondosa, de
encinas pobladas, desaliñadas, salvajes, indómito follaje que vigilan las
águilas reales, con alas largas y anchas con pequeñas manchas blancas.
Y allí, tras las hojas grises de matorrales de encinas espesas, chaparras
boscosas, y jaras selváticas, atisbo con la mayor de las sonrisas y admiración
un horizonte inmenso, y una inmensa grieta en la Tierra, una herida abierta
inescrutable de inmensidad, que me hace humilde y orgulloso por contemplar
semejante espectáculo de la Naturaleza. Me hice pequeño y grande a la vez,
respetuoso y valiente. Y mi Fénix hizo un guiño a las águilas y yo hice un guiño
al cielo, paré el motor, y en tan inmenso silencio sólo me quedó la necesidad de
compartir tanta belleza con un Amor.
El cañón del río Ebro, con 250 metros de profundidad, una brecha en uno de los
lóbulos del planeta, un surco gigante del que emana agua; nace el Ebro, que
cruza la península por su parte noreste, para desembocar en el Mediterráneo,
arrastrando minerales, la esencia de regiones del interior, este es el
Mediterráneo, famoso por su mezcla de culturas, y hereda la mezcla de tantas
tierras.


Me quedé un rato largo contemplando la profundidad de la
tierra, la longitud del canal, justo en el borde del acantilado con fuertes
ráfagas de viento que rizaban mi cabello, ese aire en la cara que penetra por
los poros hasta oxigenar el corazón. Cerré un momento los ojos, inspiré cara al
viento con las melenas desplegadas como una bandera, como un estandarte, hinché
mi pecho de aire fresco, elevé un poco más la cabeza, busqué el azul con los
ojos entreabiertos, hasta perder las referencias y sentí el vuelo de un ave.
Después de este baño que vine a darme tras 400 Km. de experiencias, me di la
vuelta y volví a cumplir el compromiso de visitar a mi espontánea motorista, a
la misteriosa sirena del asfalto, de cabellos volcánicos y palabra sincera. Así
que para allá fui, de nuevo a Aranda de Duero, a darme otro baño, esta vez de
gasolina, cuero y caucho.
Aunque parecía difícil encontrarse con un alfiler en el pajar, allí estaba ella,
grité ¡Ana!, se dio la vuelta me reconoció, sentí gran alegría, como la que
sentimos todos los motoristas cuando improvisamos entrañables amigos durante dos
minutos de encuentro, y a partir de ahí tenemos la certeza de que al emprender
un viaje nunca estaremos solos.
Visité la exhibición de acrobacias, comí alguna cosa y charlamos un rato, nos
despedimos citándonos para la siguiente Biker Show Racing del año que viene en
la primera semana de mayo.
Ya estaba cansado de carretera, así que estrujé la oreja de Fénix, y ambos
volvimos ligeros en un sábado precioso, con la satisfacción de haber logrado
respirar de los páramos, de las nubes, del azul inmenso, de las buenas gentes,
de las amapolas, de las espigas, de las curvas, del silencio cortado tan solo
por el rugido del motor. Y me sentí más noble, más salvaje, más leal, algo más
intrépido; sin duda, alguna de esas brisas hizo que el vaquero, el apache y el
caballero entraran a formar parte de mí.
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