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25 de diciembre de 2000 - 11 de febrero de 2001
Quinto viaje al Sur
En Jawa 350, desde Banfield a la Patagonia
Por: Verónica, de Rutas en dos Ruedas
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Todos los viajes se parecen. Todos requieren preparativos, acuerdos,
concesiones y cada partida nos llena de ansiedad, temor y alegría a la vez.
Pero todos los viajes son distintos, porque los preparativos, acuerdos
y concesiones nunca son los mismos del anterior. Cada uno tiene algo particular
que lo hace irrepetible: los lugares, los momentos, las anécdotas y la gente
hacen que tu viaje sea lo que es. Sí. Sobre todo la gente…
Antes de emprender este quinto viaje en Jawa a la Patagonia, debimos
sortear la primera dificultad: no nos poníamos de acuerdo sobre la moto. Yo
quería viajar con la Jawa de los cuatro viajes anteriores y él quería hacerlo
con la carenada, que aún no conocía el Sur. Esta vez la concesión corrió por mi
cuenta y preparamos la 350 Sport. "Ella",(así se llama la Jawita experimentada),
quedó un poco ofendida aguardando nuestro regreso, tanto que fueron necesarios
unos cuantos mimos para que se dignara andar en dos cilindros cuando el martes
13 de febrero la quisimos hacer rodar de nuevo.
De la Jawa podemos asegurarte que es muy confiable , cómoda y
que te lleva adonde quieras, (pasamos por arena, barro, ripio, diluvios y
siempre camina…). Pero si vas a realizar un viaje extenso, lo mejor es
reemplazar el encendido electrónico por platinos, a menos que lleves repuesto de
bobinas (nosotros quemamos una) o un encendido electrónico de calidad. Hay
quienes dicen que las cubiertas originales dificultan el viraje, pero son muy,
muy durables y no traen problemas.
Te presentamos aquí la crónica de la travesía, en la que recorrimos
algo menos de 5000 Km. durante cuarenta y ocho días.
La costa de Río Negro:
El 25 de diciembre de 2000 partimos a la mañana hacia
Río Colorado, adonde llegamos justo antes del anochecer. Acampamos en el
Camping Municipal, ( un hermoso lugar a la orilla del río -que da nombre a la
ciudad que constituye "el portal de la Patagonia"-, pero con deficientes
sanitarios) , y a la mañana siguiente continuamos hasta San Antonio Oeste,
primer hito de nuestro viaje. La primera salida fue a minutos de llegar, y la
realizamos al Hospital, a causa de la inflamación de la mano izquierda de mi
compañero
por una picadura de vaya a saber qué insecto.
En San Antonio permanecimos hasta el 31 de enero, trabajando en el Balneario Las Grutas
, de aguas cálidas y mareas cambiantes. Es una villa que está en pleno
crecimiento y la actividad turística cobra auge cada verano, lo que hace que sus
playas no sean tan tranquilas como las de San Antonio Oeste. (Allí te
recomendamos La Mar Grande,
una gran extensión de arena, piedras y agua salada, custodiada a su derecha por
Las Grutas y a su izquierda por el Puerto de San Antonio Este , cuya entrada es
precedida por grandes médanos, donde nos entretuvimos en perseguir lagartijas.
Eso sí: no olvides llevar agua fresca, ya que hace mucho calor y - por ser un
área natural - no hay puestos de venta).
Si te gusta el mar con poco oleaje , cristalino y con amplias playas de
caracoles, te recomendamos el
Puerto de San Antonio Este
(distante 60 Km. por asfalto de San Antonio Oeste). Allí podés pescar, nadar y
tomar sol, mientras mirás el ingreso de los camiones al muelle, donde cargan su
mercadería en los grandes barcos que la transportarán hasta Europa. Si preferís
las olas y el mar abierto, podés elegir las paradisíacas playas que se
encuentran antes del puerto, como las de Península Villarino
o La Conchilla.
Toda esa zona sufrió reiterados incendios este verano, que llegaron a rodear la
ciudad de San Antonio con varios focos simultáneos, aunque sin comprometer a la
población.
Uno de nuestros paseos fue a la ciudad de Valcheta ,
distante de San Antonio unos 120 kilómetros aprox., 75 de los cuales aún son de
ripio. La ruta de asfalto corre paralela al camino, pero todavía no estaba
habilitada por no estar finalizados los trabajos. La inauguración de ese tramo
estaba prevista para febrero de este año.
La elección de Valcheta como paseo se debió a nuestro interés por saber
en qué estado se encontraba la ruta 23, que recorre la Línea Sur, comunicando el
mar (San Antonio) con la cordillera (Bariloche). Queríamos ver si nos animábamos
a ir hasta Bariloche por allí, pero la verdad es que el camino tiene partes en
buenas condiciones y otras con arena, baches o pianitos que obligan a disminuir
mucho la velocidad para no destrozar la moto ni nuestros esqueletos. Así que
decidimos que a Bariloche por la 23, todavía no…
Conocimos Valcheta a la hora de la siesta de un día caluroso y luego de
un breve almuerzo en el arroyo que atraviesa el centro, retornamos a SAO Un
poco después de
Aguada
Cecilio (pequeño poblado anterior a
Valcheta desde SAO) hicimos un alto para ascender a un pequeño cerrito de
arcilla amarilla, donde encontramos muchos restos fósiles marinos (caracoles,
ostras y erizos) y rocas de lava volcánica.
Hace millones de años toda esa zona estaba cubierta por las aguas,
resulta raro pensar que hoy constituye el desierto patagónico…
La cordillera :
Una vez cumplida nuestra estancia en la costa, deseábamos ir hacia la
cordillera. Para viajar a Bariloche desde SAO consideramos las cuatro
opciones:
- tomar la ruta 22 que recorre el Valle del Río Negro, y luego la 237
hasta la cordillera.
- tomar la ruta Nac. 3 hasta Trelew y de allí la 25 hasta Esquel,
subiendo luego hacia Bariloche.
- padecer con los más de seiscientos kilómetros de ripio por la 23, que
comunica los pueblos de la Línea Sur.
- tomar el tren en SAO y amanecer en la ciudad amada.
La primera opción fue descartada por ser un viaje muy extenso, con
nafta al precio habitual de Bs. As. y porque es nuestro camino de regreso desde
hace cuatro años. La segunda es la que mayores atractivos presenta, ya que no
sólo la nafta está a mitad de precio, sino que el paisaje es fascinante y se
conocen muchos lugares interesantes : Gaiman, Dique Ameghino, Los Altares, Las
Plumas, Tecka, Esquel…
Pero es un trayecto que requiere de varios días para disfrutarlo y ya
lo hicimos en dos oportunidades, así que también la descartamos. La alternativa
del ripio no nos favorecía, así que optamos por cargar la Jawa en el tren una
noche, (viaje que también ya habíamos realizado) y el mediodía del 1 de febrero
arribamos a San Carlos
de Bariloche.
El clima estaba frío y caía una tenue llovizna, que unas horas más
tarde dejó paso a un sol resplandeciente, que nos acompañó en siete de los ocho
días que estuvimos.
Las bellezas para recorrer en esa zona mágica son innumerables, todo
depende del dinero y del tiempo de que dispongas. No nos vamos a extender sobre
esto, ya que te lo contamos en los relatos de los viajes precedentes. No olvides recorrer el Circuito Chico (nosotros todos los años nos tomamos la
clásica foto en Punto Panorámico), el Lago Gutiérrez, el Mascardi, Colonia
Suiza, la base del Cerro Catedral, y si te animás podés llegar hasta la cima del
Cerro Otto (aunque hubo quejas sobre el estado del camino), o hasta el
Ventisquero Negro del Tronador. Si vas hacia allí, no olvides pasar por la
Cascada de los Alerces: el verde intenso de esas aguas quedará en tu memoria
por muchos años.
También realizamos dos paseos casi obligados: el primero fue a
El Bolsón,
que abre la Comarca del Paralelo 42, pueblos de montaña llenos de flores,
productores de fruta fina, dulces, lúpulo y cerveza. Te llevan allí los 125 km.
aprox. que lo comunican con Bariloche por la ruta 258, toda asfaltada .
Visitamos la aldea de Lago Puelo ,
pero no llegamos hasta el Lago porque Parques Nacionales cobra entrada. Esta es
una de las pocas cosas que lamentamos en nuestros viajes: para ingresar a la
mayoría de los lugares turísticos se debe pagar una suma que, en este momento,
año 2001, oscila entre los $
2,50 y los $ 7 (en Puerto Pirámides). Creemos que es muy válido solicitar una
colaboración que sirva para el mantenimiento de los Parques y la prevención de
incendios, pero siempre nos quedamos con las ganas de conocer algún lugar de
nuestro país, cuya naturaleza hay que pagar para admirar.
La otra excursión obligada es Villa La Angostura ,
ubicada en la otra margen del Nahuel Huapi, a 80 Km. de Bariloche, ya en
Neuquén. El camino de asfalto bordea todo el Lago, cruzando innumerables hilos
de agua ahora secos, pero que en épocas de frío bajan su caudal de la montaña.
No te prives de un rato en las pequeñas playitas, de arena blanquísima y agua
turquesa.
La Villa es bonita y muy colorida, parece salida de un cuento de hadas.
Todos los años, en febrero se lleva a cabo la Fiesta de los Jardines, así que
todo se cubre de flores, especialmente de rosas.
Hay dos muelles desde donde parten las excursiones lacustres hasta la
Isla Victoria y la Península de Quetrihué, (salidas que también se hacen desde
Bariloche), uno se ubica en Bahía La Mansa y otro en Bahía La Brava, nombres que
aluden a la tempestuosidad de las aguas. Cerca de este último se encuentra la
Laguna Verde, un hermoso espejo de agua rodeado de bosque, que podés recorrer a
pie por un sendero de interpretación fitogeográfica, que te indica con carteles
las especies vegetales que se desarrollan allí (zarzaparrilla, coihue, rosa
mosqueta, junco, ciprés y muchas otras).
El regreso:
Cuando ya los bolsillos indicaban que había que dejar el struddel y las
tortas para el año próximo, descubrimos que la llanta de aleación de la Jawa
presentaba una rajadura. La soldamos en un taller y el viernes 9 de febrero nos
despedimos de Bariloche bajo una llovizna que construyó el arco iris más hermoso
que hayamos visto. Pero como no podía ser de otra manera en nuestros viajes, la
llovizna se convirtió en lluvia intensa y arribamos a
Confluencia
empapados.
En ese paraje que marca el punto en que se besan el
Río Limay y el Traful, nos sentamos a desayunar mientras esperábamos que San
Pedro dejara sus lágrimas para otra ocasión. Al aclarar, proseguimos el camino
amparados por un dudoso cielo que deparaba lloviznas y sol intermitentemente,
hasta que comenzamos a ser sacudidos por un viento furioso que nos depositó a
los tirones en Piedra del Águila.
En tanto que el sol, ya limpio de nubes por el fuerte viento nos secaba
la ropa, observamos que la maldita llanta trasera evidenciaba otra herida.
Nuestros planes de regresar en dos días a casa se complicaban.
En
Picún -
Leufú la soldamos nuevamente, pero cada vez presentaba
más rajaduras. Ante el peligro de que se quebrara, llegamos muy despacio a
Neuquén
y pasamos la noche en el Camping Municipal, donde no
pudimos dormir nada a causa del excesivo volumen de la "música" (llamémosle así)
que sonó hasta bien entrada la madrugada, primero en una de las carpas y después
en un boliche muy cercano.
A la mañana siguiente, Néstor (decidido a enviar la moto a Buenos Aires
en camión y a regresar nosotros en micro) y yo, (muy mal predispuesta a
abandonar la Jawa en manos extrañas) ubicamos
la casa de motos de Valentín, quien muy amablemente realizó
llamadas a otro taller para conseguirnos una llanta y a algunas empresas para
averiguar cuánto costaba el transporte en camión. Nos conmovió que alguien que
ni nos conocía se ocupara tanto de nosotros para ayudarnos a solucionar un
problema, sin esperar ninguna recompensa por el -para nosotros inmenso- favor
brindado. (¡Gracias, Valentín!). Cuando supimos el valor del transporte, (¡qué caro!), tuve una idea brillante. Sí, yo, una mujer. Propuse: "¿ y si le
pedimos la dirección de esa casa de motos a la que llamó él para averiguar?"…
En realidad, una pareja encantadora que conocimos en Las Grutas, nos había
dado la dirección de una casa de amigos de la Jawa en Neuquén, por si cualquier
cosa… Pero en el momento en que la precisábamos, por supuesto, no la
encontramos. Resultó ser que el lugar a donde nos envió Valentín …¡era el mismo
que nos habían recomendado!
Las personas cambian tus viajes
Con el desencanto de la moto herida y de estar a sólo 400 Km. de Bariloche
luego de un día de viaje, llegamos despacito, sucios y cabizbajos a lo del " ruso"
Ricardo, en la calle Belgrano.
Este rubio amable y solidario a más no poder nos
recibió ese sábado 10 de febrero a las diez de la mañana con una amplia sonrisa,
y logró que a las tres de la tarde lo sintiéramos parte importantísima de
nuestros afectos. En seguida nos invitó a pasar y nos convidó unos mates,
mientras pensaba en la forma de ayudarnos. Toda la decepción y frustración que
sentíamos se borró rápidamente con la charla, que comenzó con un: "¿ustedes no
son los que salieron en la revista Informoto?"… Poco a poco llegaron sus amigos,
en su mayoría - para nuestra sorpresa - ¡ amantes de las Jawas!… Ellos forman un
lindo grupo de hombres y mujeres que se juntan a menudo para pasear en moto y
estrechar lazos. Así conocimos al cubano, un simpático personaje que preparaba
su viaje en Jawa a Tierra del Fuego; a la "gallega", una encantadora dama de
ojos firmes y soñadores, con quien charlé tanto que no tuve tiempo de
preguntarle el nombre; al maestro; al que tenía Jawas para él y para sus hijos;
al señor de la Jawa chopera, y a otras no menos agradables personas que da pena no recordar sus nombres para registrarlos aquí.
El "ruso" hizo todo: cebó mate, realizó llamados,
nos presentó a sus amigos, nos mostró las fotos de sus viajes en Jawa, nos
consiguió una llanta trasera, la colocó, nos dio de almorzar, lavó nuestros
vasitos… ¡¡¡ y no nos cobró un sólo centavo!!!
Leé este último párrafo y pensálo un poquito.
Creías que no existían personas así, ¿no?
Nosotros también.
Por eso te dijimos al comienzo que la gente con la que te cruzás define
tus viajes.
Estuvimos con "nuestros amigos" hasta las tres y media de la tarde,
hora en que reanudamos nuestro camino.
No pudimos aceptar la invitación de la salida del domingo a El Chocón;
hubiera sido un abuso…
Mientras marchábamos, ahora sí, a 120 Km./h, con llanta en buen estado,
recorriendo la ruta 22 hasta
Río Colorado,
mirábamos con alivio los micros que cruzábamos y nos sentíamos felices de no
tener que viajar encerrados allí. El mismo cansancio y la misma ropa sucia del
día anterior contrastaban con una nueva alegría, que no era provocada por la
obtención de la llanta, sino por las maravillosas personas conocidas.
A la noche acampamos en el mismo lugar en que lo habíamos hecho 47 días
atrás y al día siguiente recorrimos los 850 Km. que distaban hasta
Banfield.
El recuerdo de las montañas imponentes, los majestuosos lagos y las
cumbres nevadas se desvanecía y tornaba más borroso cada vez, aunque mantenía
intacto el sueño del regreso.
En cambio, ese hombre y sus amigos, ahora nuestros también, permanecen
inalterables en nuestra memoria, como la imagen de un Robin Hood que sabe que
la nobleza del hombre está definida por sus
acciones.

©
Hecho el
depósito que prevé la ley 11723.
www.rutasendosruedas.com.ar
2001
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