
Sus escasos habitantes se resguardan del frío y la soledad de la tarde en
bajitas casas de adobe, ninguna fue pintada jamás y la erosión del viento
carcome lentamente sus paredes desnudas, los techos de calamina soportan pesadas
piedras para que no los levante el viento, las calles polvorientas de tierra
oscura, tienen el color marrón de las paredes. Como en la mayoría de los
ranchitos del altiplano boliviano, en Colchani, el aire seco y escaso de las
alturas proporciona una vista incomparable del cielo, completamente limpio y de
un azul profundo, se enfrenta a un paisaje monocromático de bastas pampas
áridas.
Oruro, a 3.800 msnm, es una ciudad pequeña, sus calles son angostas pero tiene
un tráfico intenso, a las 08 a.m. estamos afuera del hotel, tratamos de
calentarnos con los primeros rayos de sol de una mañana invernal, amarramos las
pilchas y hacemos funcionar las motos, que con la falta de oxígeno y los 09
grados de temperatura ambiente, les cuesta trabajo arrancar. Sobre las angostas
aceras fluyen los escolares de guardapolvo blanco que caminan apurados a la
escuela, también nosotros tenemos prisa por partir pero la puesta en marcha de
algunas motos demora la partida hasta las 9:30.
Tres son las principales rutas de acceso al Salar, para nosotros la más cerca es
Oruro - Huari - Colchani. De Huari en más, la carretera es de tierra con un
sin número de desvíos que serpentean en medio de un valle desértico. Se cruzan
varias quebradas con lechos de roca, canteras de piedra y un terreno áspero
compuesto de arena y piedras, especial para golpear la moto cuando menos lo
esperas. Es un escenario desolado, el último que se desea para manejar motos de
más de 200 Kg. Los enredos provocaron que los 25 motociclistas que integrábamos
esta travesía, nos separemos y andemos cada uno por nuestra cuenta. Después
de recorrer 30 Km. en más de 2 horas, finalmente nos volvemos a encontrar
cercar de la ruta principal, la que se distinguía en el horizonte gracias al
tránsito de los camiones que construyen la carretera.
A pocos kilómetros de llegar a Colchani el camino comienza a bajar de la
montaña, en la contraluz de la tarde brilla en el horizonte un manto blanco
reflejando los primeros jirones del salar, el espejismo creado por el vapor
difumina el horizonte, fundiendo el cielo con la sal, sin embargo, la mágica
escena se pierde en la llanura a medida que se desciende.
El hotel que elegimos está a dos kilómetros de Colchani y prácticamente en la
puerta del Salar. Cristal de Sal es un hotel hermoso, sus paredes están
construidas con bloques de sal, unidos entre si por una especie de cemento
blanco, el piso es de una capa de sal suelta, en los dormitorios el piso es da
sal sólida, similar a la cerámica, las camas son de sal, las sillas, las
escaleras, los pasa mano, las esculturas, los tallados sobre las paredes, los
muebles, todo es completamente de sal. La claridad dentro del hotel es
cautivante, ya que posee varios traga luz de policarbonato que además
proporcionan calidez a los ambientes. La atención y la comida son muy buenas.
Por primera vez saboreé carne de llama y quedé gratamente sorprendido con su
excelente sabor. Contar con un hospedaje de primera después de un largo viaje es
lo que sueña todo viajero, el hotel nos sentó muy bien y tuvimos una placentera
estadía allí.
Septiembre es buena época para visitar el salar, ya que no hace tanto frío y a
diferencia de la época de lluvia, se mantiene completamente seco. Por sobre su
superficie se forman rombos generalmente pentagonales, con relieves blandos, el
suelo es áspero y abrasivo como el concreto, no presenta fractura ni unión
alguna, por lo que se puede transitar como si fuese asfalto.
En nuestro recorrido vamos por la mañana a la isla Incahuasi, está a 80 Km. de
Colchani y se encuentra detrás del horizonte. A los pocos kilómetros emerge tras
la convexidad del planeta como una pequeña aceituna. Es un hermoso lugar de gran
mansedumbre, poblado por cactus gigantes, ideal para descansar y contemplar el
paisaje.
De la isla de Incahuasi fuimos hasta el extremo norte del salar, al volcán
Tunupa, allí hay varios ranchitos de pequeñas casas tapiadas, cercadas con
pesados muros de piedras superpuestas prolijamente, construidos para proteger a
los animales domésticos del duro invierno. Sobre la colina está el hotel
comunitario Tayka, es el lugar donde tenemos programado almorzar y uno de los
sitios mas sobrecogedores que conocí en el salar. Las comunidades indígenas,
hábilmente y con mucho empeño, han desarrollado varios hoteles de primera en las
diferentes regiones del salar, el que nos toca visitar es verdaderamente lindo.
De estilo rústico, arquitectónicamente muy bien logrado, ambientes amplios,
paredes de adobe y techo de paja apoyado sobre rollizo visto. La atención
impecable, la comida muy buena y lo que más me gustó, una galería en voladizo
que ofrece una bella vista del Salar. En este sitio almorzamos todos juntos y
fue prácticamente la última vez que nos reunimos, después de almuerzo tenemos
planeado volver a Huari usando la ruta de Salinas de Garci Mendoza, son 190 Km.
de camino de tierra y si no se viaja a buen ritmo, con seguridad que nos agarra
la noche.
Dardo Justiniano, con la ayuda de un GPS y un guía local, lleva a una parte del
grupo por el salar buscando acortar distancia, por separado y sin saberlo,
Baldivieso guía a otro por tierra adentro y yo me demoro en la disyuntiva de no
saber a quién seguir. Después de andar en solitario durante un rato por el borde
interno del salar, donde la superficie aun conserva agua y con el temor de
haberme perdido, encuentro al grupo de Dardo varado preguntándole a un indígena
que extrae sal, cuál es la ruta que se debe seguir para llegar a Salina de
García Mendoza. Aunque el pueblo se distingue entre la sal y la pampa a unos 20
Km. de donde estamos, no se ve que haya un camino para llegar, hay que andar a
campo traviesa entre el salar y sus playas de gramínea húmedas, llenas de sendas
que usan los viajeros cuando el salar comienza a secarse. Para entonces son las
2:30 p.m. y queda una larga e incierta ruta por recorrer, decido desprenderme
del grupo abriéndome camino solo hasta Salinas. Media hora después llega Maic
Barragán, a quién ambos grupos lo daban por perdido, de ahí en más fue mi
compañero de viaje hasta Huari.
Maic maneja una BMW Adventure, que le ha dado más de un susto y va dolorido del
tobillo, pronto su pesadilla comienza cuando entramos en una zona de largos
desvíos de arena suelta. Lo observo desde atrás y me estremezco al ver el
esfuerzo que hace para no caer y mantenerse en el camino. Va levantando
polvareda arrastrando los pies, cruzándose de huella en huella por dónde a la
Adventure se le antoja, encara la arena con velocidad y en la debacle controla
la moto con tracción, pero al mismo tiempo se arriesga cada vez más a una
caída violenta. Los obstáculos son interminables y se repiten en el último
tramo permanentemente, las huellas de los camiones son profundas, el talco es
asfixiante y una permanente amenaza de lluvia empeora el panorama.
Llegamos a Huari de noche, al poco tiempo aparece Dardo y Jorge Harriague, con
ellos la vagoneta de Roberto Sánchez y el grupo de Santa Cruz está completo,
al resto, motociclistas de La Paz y Cochabamba, les queda una larga travesía
nocturna. Después de esperar por más de una hora sin que nadie de señales de
vida, nos despedimos de Maic que se queda a esperar a su hermano Robin. Con frío
y recibiendo de frente una helada llovizna, recorremos por carretera los últimos
120 Km. hasta Oruro. El resto de los motociclistas llega al hotel a las 2.30 de
la madrugada, entre sueños los escucho comentar sus penurias y deambular en sus
habitaciones. Al día siguiente ya no nos vemos, mientras ellos duermen,
nosotros temprano salimos sin mucho trámite hasta Santa Cruz de la Sierra.
Mientras respiro el aire frío y seco del salar en una hermosa mañana azul,
observando las motos que pierden detrás del horizonte, me pregunto qué puedo
contar yo de semejante lugar, de qué expresión dispongo para describir su
belleza, en qué palabras cabe tamaña dimensión. Qué desafío me espera para
contarles a quienes no estuvieron allí, que el Salar de Uyuni, lejos de
cualquier comparación, es el escenario natural capaz de brindar la verdadera,
más explicita y real sensación, de manejar una motocicleta con total libertad.





Maravillosa aventura, muchachos!
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