Apenas comenzada la primavera, el sábado 22 de
septiembre a las 9:30 de una fresca mañana, Horacio y Adriana pasaron por casa y
las dos Jawas salieron a disfrutar de un fin de semana en San Pedro, donde se
realizaba una nueva edición del encuentro de motos, al que nunca faltamos.
Ella, la Recorrecaminos, nuestra Jawa verdeazul,
hacía meses que extrañaba las rutas. El viernes la habíamos arrancado en el
patio de casa y como arrancó en seguida, no nos preocupamos. El sábado se nos
cortó un cilindro antes de salir, cambiamos la bujía, y así fuimos y vinimos de
San Pedro, distante unos 180 km. de casa.
A la ida la castigamos duro y Ella se portó
como una dama obediente. A 120 km./h. cruzó la autopista sin quejarse, seguida
de cerca por la Jawa violeta de los chicos. Las paradas para cargar combustible
y tomar café se extendieron en algunas charlas entre nosotros y con otros
viajeros, así que cuatro horas después de la partida llegamos a destino.
El predio refulgía de motores, ruidos, humos,
música y asados. Elegimos un lugar tranquilo, con la intención de dormir un poco
a la noche y almorzamos sandwichs de vacío en la cantina. En seguida se acercó
Federico, quien suele escribirnos y había dejado un mensaje en el Libro de
Visitas avisando que iría.

Nos cruzamos con Juan y Andrea, que habían
llegado el viernes y recorrían el predio caminando para ver motos y motos y
motos.
Saciado el apetito, pero no la sed de hacer
amigos, irrumpimos en el grupo de Jawa de Rosario, a algunos de quienes tenemos
el placer de conocer desde hace un tiempo y de haber visto, dos semanas atrás,
en el Encuentro de Diamante. Allí
estaban Adrián y Paola, Fernando (un viejo cibermotoamigo a quien no conocíamos
en persona), Ricardo y muchos más que lamento no recordar sus nombres. ¡Les dije
que me iba a olvidar, ¿vieron?!

Entre charla y charla, Claudia, Efraín y
Juancito nos dieron la sorpresa y se acercaron al grupo. No tienen moto
(todavía) pero son viajeros en cuatro ruedas y no quisieron perderse la chance
de conocer un encuentro.

Juntamos todas las Jawa, nueve en total, y
sacamos montones de fotos. Sin embargo, faltaban en el grupo al menos cinco: la
de Juan, la de Aldo, la de Jorge (tres viejos amigos) y dos más que andaban por
ahí. ¡Al menos catorce Jawas en San Pedro! Nada mal, ¿no?...


La multitudinaria caravana del sábado.
Fue puntual y contó con unos cuantos que
divirtieron al público a costa de estropear cubiertas y motores.

Carlos, de Ramos Mejía, pasó para saludarnos,
conocernos y comprar uno de nuestros libros (Andanzas), pero ya habíamos vendido
los que habíamos llevado.
El sábado a la noche salimos a cenar y cuando volvimos tuvimos
una inesperada decepción: nos habían robado una botella con un poco de gaseosa y
el mate... Sin embargo, cuando nos fuimos a dormir, olvidé las dos cámaras de
fotos sobre la mesa pero, increíblemente, ¡estaban allí por la mañana! Como decimos
en broma, "no robaron por plata ni por hambre, sino por sed", lástima que
estas cuestiones ya no le causen gracia a nadie. Según supimos más tarde, por
esa zona donde acampamos, hubo más de un robo... Qué pena.
El domingo se sumaron Jorge, en Jawa, y Roberto
en su BMW 1000. Con ellos regresamos casi a las 17 hs., aunque el tránsito en la
Panamericana, cerca de la General Paz, nos separó y nosotros seguimos con los
chicos. Los mensajitos de celular sirvieron para saber que cada cual había
llegado bien a su hogar.
El Encuentro estuvo lindo y concurrido, aunque
las bandas tocaron hasta bien entrada la madrugada e interrumpieron nuestro
sueño.
Pero quiero referirme aquí a un episodio que
algunos de ustedes catalogarán de "menor" y sin embargo yo tardaré mucho tiempo
en olvidar, si es que lo logro. El domingo al mediodía nos acercamos a la
cantina en busca de comida y notamos que los muchachos miraban todos para el
mismo lado: una llamativa señorita se contoneaba sin llevar demasiado el ritmo
de la música y los caballeros comenzaron a rodearla. Lo que conmovió mi ánimo
fue descubrir no sólo que llevaba puesto un top y una microfalda rojos, sino
que, alevosamente, exhibía su pubis descarado a todos los que la filmaban y
fotografiaban con los celulares.
La dama despertaba compasión y, ciertamente,
estaría bajo el efecto de algún químico que le había quemado las neuronas y la
dignidad. Pero los caballeros... ¿Qué decir de ellos, mofándose de una muchacha
a quien más deberían haber llevado a su casa y ofrecido una taza de café, que
manosearla con el pensamiento y retratar su intimidad?
No era de madrugada. No era un show de strep
tease. Era domingo al mediodía y los motociclistas cargaban sus motos para
regresar a casa.
Ojalá esa chica haya regresado del lugar en
donde estaba...
Ojalá esa chica haya tenido a dónde regresar...
¿Nos vemos en octubre en Las Flores?

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