Llegamos a San Vicente el domingo casi al mediodía, perseguidos por nubes
muy negras que amenazaban explotar en cualquier momento. Mientras saludábamos
a unos amigos (Elda, Jorge, Ernesto, Juan y su hija Yésica, Pablo y una pareja
de Monte Grande) y compartíamos unos mates, el cielo se cubrió por completo y
el azote del viento nos echó a la ruta, de regreso.
El café en una estación de servicio y la parrillada del almuerzo nos
permitieron ponernos al día con todos los comentarios sobre nuestros viajes,
la política, los precios, el Mundial, en fin…
Con la panza llena y el cielo despejado, a pleno sol y a los cuatro
vientos, todos los jawistas regresamos a San Vicente y mateamos un rato a
orillas de la bien cuidada laguna, hasta que el frío nos enrojeció la nariz y
congeló las orejas y entonces decidimos partir.
Un muchachito muy alcoholizado -que creemos vendría del Encuentro- y que no
conseguía dominar su moto, nos dejó con un sabor amargo en la boca del alma.
Ojalá haya llegado sin problemas.
Ojalá no conduzca en ese estado otra vez.
Ojalá los amigos no lo dejen solo.
Ojalá aprendamos…