Partimos desde
Banfield el viernes 25
de diciembre de 1998, a las nueve de la mañana y, alentados por el sol radiante
que nos acompañaba, llegamos a Río Colorado
antes del anochecer. Nunca antes habíamos recorrido más de ochocientos
kilómetros en un día, pero la Jawa se comportó tan bien que no sentimos el
cansancio para nada, y hasta hubiéramos seguido viaje si no fuera porque
comenzaba a anochecer.
Ya conocíamos el camping, ubicado a la orilla del ancho Río Colorado, así que
decidimos pasar la noche allí. Es un lugar muy recomendable para los amantes del
verde y la tranquilidad, y por qué no para los pescadores.
A la mañana siguiente reiniciamos el camino y antes del mediodía llegamos al
primer objetivo de nuestro derrotero: San Antonio
Oeste. Es una ciudad apacible, ideal para descansar y olvidarse de
las preocupaciones, y cuenta con unas enormes y desérticas playas bañadas por
las cálidas y tranquilas aguas del Golfo Azul. Son incomparables los atardeceres
caminando por las playas de La Mar Grande, cuando la marea está en bajamar, o
disfrutando del agua cuando hay pleamar. (Allí las mareas suben y bajan cada
seis horas, y cuando hay bajamar -dos veces por día- el agua se retira tanto que
quedan cerca de cuatrocientos metros de playa).
También es un gran placer observar cómo el mar se va retirando
implacablemente del Puerto de Pescadores y las barcas quedan encajadas en las
arenas del fondo de los muelles, hasta que el agua vuelva a subir, seis horas
más tarde, y los pescadores salgan en sus barcas a buscar los frutos del
mar.

Nos instalamos en un departamentito en este viejo pero encantador pueblo y todas
las noches durante más de un mes fuimos al balneario
Las Grutas, distante sólo unos doce
kilómetros, donde trabajamos todos los veranos. Las Grutas es una villa pequeña
que está en constante crecimiento y que resulta ideal para hacer vida al aire
libre, ya que posee más de catorce campings y unas playas adorables.
Desde la costa Este de Río Negro, donde todo era sol, playa y alegría, nos
enterábamos de lo que ocurría en el Oeste de la región, donde los bosques
estaban en llamas. Bariloche, San Martín y Junín de los Andes, Aluminé... todo
ardía por la irresponsabilidad de unos inconscientes, (¡vayan todas nuestras
malas palabras para ellos!) y por los vientos que arremolinaban el fuego y lo
expandían. Nuestra desazón aumentó cuando nos enteramos que la ruta de
acceso a Bariloche estaba cortada, pues nuestro próximo destino era esa ciudad.
Como no sabíamos qué hacer y ya era tiempo de continuar nuestro viaje, decidimos
que lo mejor sería llegar a Bariloche por tren, así que , previa cena con
nuestras amigas sanantonienses, el 3 de febrero apenitas pasadas las diez de la
noche y ya cargada la Jawita en el último vagón, partimos desde San
Antonio hacia Bariloche, en el tren que viene desde Viedma.
A pocos minutos de iniciado el viaje,
decidimos que nunca más viajaríamos por el desierto en clase
turista. Las ventanillas se abrían solas, las puertas de los vagones no
cerraban, las débiles luces no se apagaban y la tierra se colaba increíblemente
por todas partes - haciéndonos toser, dejándonos la nariz seca y el pelo
duro. (Les vamos a confesar la verdad: hasta hoy -noviembre 2001- no aprendimos
la lección, pues ya viajamos tres veces en esas condiciones. Es que… ¡es una experiencia
interesante!).
Ni bien amaneció decidimos desayunar en el salón comedor, donde la calefacción
se portaba agradablemente, y desde sus amplias ventanas comenzamos a disfrutar
del paisaje. Pero, lamentablemente, desde
Pilcaniyeu en adelante, todo estaba quemado. Los bosques de pinos en
las laderas de las montañas, los arbustos secos y espinosos, los postes de los
alambrados y del cableado eléctrico... todo estaba hecho cenizas. Era
decepcionante ver toda esa maravilla destruida.
El 4 de febrero a la mañana arribamos a Bariloche,
bajo un sol espléndido que nos acompañó todos los días. La moto fue bajada del
tren a pulmón, entre cuatro hombres solidarios, ya que no cuentan siquiera con
una rampa para la carga y descarga.
Recién allí tuvimos que soportar el primer caprichito de la Jawa, ya que hubo
que cambiarle una bujía para que arrancara. Es que a ELLA le gusta recorrer los
caminos con sus propias ruedas, y no en un rechinante vagón de tren....

Bariloche lucía espectacular, como siempre. Las columnas de humo de nuevos focos
de incendio que se veían detrás del Cerro Leones y de otros cerros, no
alcanzaban a opacar el brillo de la ciudad, aunque sí entristecían los ánimos.
Una vez instalados, nos dedicamos a pasear por los lugares turísticos, que ya
conocíamos, pero que siempre presentan una nueva fascinación que es maravilloso
descubrir. Es hermoso recorrer en moto esos caminos sinuosos que te llevan a
sitios insospechados, ocultos, imposibles de describir. Sentir el viento fresco
en la cara, mientras la Jawa lucha con los caminos de ripio desparejo y los
vence, pasando por precipicios que asoman a lagos infinitamente azules o
por pequeños senderos rodeados de arboledas tupidas y cerradas, es una sensación
que no tiene precio... Realmente, nos sentimos privilegiados por tener la
posibilidad de compartir TODO ESO.
Paseamos por Circuito Chico, Puerto Pañuelo,
Colonia Suiza, (donde se puede disfrutar del exquisito aunque algo
caro curanto,
comida de origen chileno, que en Argentina se prepara con carnes y
verduras debajo de la tierra). También recorrimos los lagos Gutiérrez, Moreno,
Nahuel Huapi -por supuesto-, tomamos sol en el río Ñirihuau, encontramos el lago
Escondido e inspeccionamos la Península San Pedro, (donde nos
corrieron muchos perros sueltos). Paseamos como turistas, pero nos sentimos como
en casa... Visitamos también el muy recomendable Museo de la Patagonia, en el
Centro Cívico; el Cerro Catedral, (donde se destacan los árboles plateados,
productos de anteriores incendios) y nos metimos en todo camino extraño y
solitario para ver a dónde nos llevaba.
¡ Hasta la Jawita parecía disfrutar de nuestro itinerario!
Una mañana que íbamos hacia el Llao
-Llao, estábamos
cargando nafta cuando aparecieron unos ocho hombres extranjeros, europeos tal
vez, montados en unas lindas KTM de patente chilena y muy enfundados en
trajes apropiados, preparados para la aventura... Pensé en qué lindo sería
viajar en grupo y propuse a Néstor que les tomáramos una foto.
En seguida me dijo que no, que para qué, que no sea cholula... y guardé la
cámara. Lo más gracioso fue que dos de ellos se acercaron con las suyas...
¡y nos tomaron fotos a nosotros, con nuestra humilde Jawa!!! Creo que a los
hombres no hay que hacerles caso.
Un día completo lo pasamos en Villa La Angostura,
un sitio muy bello, cuya ruta de acceso desde Bariloche está en buen estado y
te deja boquiabierto con sus paisajes de ensueño. Desde su puerto se pueden
realizar las mismas excursiones que desde Puerto San Carlos o Puerto Pañuelo, en
Bariloche: se puede llegar a la Isla Victoria,
a la península de Quetrihué, al Lago Frías y Cascada de los Cántaros, etc. Es
una villa pequeña pero encantadora, que tiene un centro muy moderno para pasear
y comprar recuerdos, y muy lindas playitas a la orilla del Nahuel Huapi para
descansar y salir de la rutina.

El ascenso a la base del Cerro Bayo
ofrece preciosas vistas y no es empinado ni angosto. En la base del cerro
se respira aire puro y se puede caminar por los bosques tranquilamente,
eso sí, cuidando de no espantar a los gnomos, sus legítimos habitantes.
Como ya se nos iba agotando el efectivo, el 13 de febrero, luego de nueve cortos
días, decidimos partir de Bariloche hacia Mar del Plata, donde queríamos ir para
visitar a mis padres, ya que mi papá había sido operado.
Decidimos tomar el "camino" de ripio que pasa por
Villa Traful, y
empalma con el camino de los Siete Lagos, hasta
San Martín de los Andes.
Si alguno de ustedes lo conoce, comprenderá que fue una locura. El camino
es un puro ascenso, por momentos empinadísimo, de calzada muy angosta y curvas
increíblemente cerradas, que sólo permitían ver los precipicios que se abrían a
nuestro paso. ELLA iba muy cargada, y a veces había que ascender en primera,
cuidando de no encontrarte de golpe con un automóvil de frente. Yo iba fascinada
con la naturaleza que se desprendía como en gajos a la vuelta de cada
curva, pero Néstor no podía ver nada, tan atento debía estar al camino.
Un poquito antes de San Martín, se cruza el Arroyo
Partido, que tiene la particularidad de que se bifurca precisamente
en ese lugar, siendo que una de sus mitades vuelca sus aguas en el Océano
Atlántico, y la otra desagua en el Pacífico. Allí aprovechamos para descansar de
tanta tensión del viaje, y luego continuamos hasta San Martín.
El trayecto hasta esa ciudad se había hecho tan cansador que, después de
almorzar pollo en la plaza, con la grata compañía de un siberiano con un ojo
celeste y otro marrón, que se hizo merecedor de la comida sobrante, decidimos
continuar el viaje. Pasamos por Junín de los Andes,
que estaba colmado de gente pues se estaba realizando la Fiesta del Puestero,
pero como ya habíamos acampado allí el año pasado, seguimos de largo, con la
imponente mirada del Lanín a nuestras espaldas.
Al llegar a Piedra del Águila no
pudimos evitar un rito sagrado para nosotros: por desgracia, cuando arribamos a
un lugar, lo primero que conocemos es el hospital. Es que suele haber abejas y
bichos de todo tipo a los que no les molesta la velocidad y prefieren colarse en
tus pantalones o en tus mangas para viajar sin pagar. Después de la ya clásica
pichicata de decadrón, nos instalamos en el camping, rodeado de rocas rosáceas,
con la triste convicción de que, luego de haber andado todo el santo día, recién
estábamos a ciento noventa kilómetros de Bariloche.
Unas horas después de amanecer, retomamos la ruta 237 y, apurados por un cielo
algo nublado, llegamos al camping de Río Colorado,
donde comenzó a lloviznar. Con esa última noche fuera de Buenos Aires
empezaba a crecer nuestra tristeza: es bueno poder volver a casa, pero te
sorprende siempre esa melancolía de los lindos momentos y lugares que dejás.
El lunes 15 abandonamos Río Negro y partimos hacia Mar del Plata,
por la ruta nacional 22. Las negras nubes amenazaban, impiadosas, hasta
que llegando a Necochea,
esa amenaza se hizo realidad de manera tan patente que se desató una tormenta
impresionante. Aprovechamos para merendar en una estación de servicio, donde
comprobamos qué chico es el mundo, ya que nos encontramos con un conocido que
hacía meses no veíamos.
Cuando la lluvia amainó, reanudamos el viaje con la esperanza de un cielo más
claro, pero fue cuando descubrimos verdaderamente qué era un diluvio. La tormenta no te dejaba ver más allá de
la
nariz,
pero no había ningún resguardo donde guarecernos. Los automóviles que se detenían en
las banquinas quedaban anclados en el barro, así que ni pensamos en parar.
Seguíamos muy dificultosamente, con los faros encendidos, entre los constantes
destellos de los furiosos relámpagos. Las ropas mojadas pesaban más que nosotros
mismos y en el momento más inoportuno, a ELLA se le ocurrió llamar la atención.
Sucede que los autos que nos pasaban arrojaban barro y agua sobre nosotros, lo
que motivó que se mojaran las bobinas de encendido y la moto comenzara a
fallar. Como no había posibilidades de detenernos, seguimos así... y llegamos a
Mardel!
Mientras buscábamos la calle en la que debíamos doblar para ir hacia el
Faro, ELLA, ofendida porque no la habíamos
atendido como correspondía, quiso hacerse notar otra vez y se nos cortó el cable
del acelerador, por lo que debimos cambiarlo en medio de la lluvia, que no daba
tregua. Finalmente, llegamos a destino totalmente empapados, ante la mirada
atónita de mis padres, que no nos esperaban.
Los bolsos no resultaron impermeables, así que se nos mojó absolutamente todo lo
que llevábamos. Por suerte, al día siguiente salió el sol y pudimos
disfrutar de nuestro último día de vacaciones. El miércoles 17 emprendimos el
regreso a Banfield por la ruta 2 y
tuvimos un viaje sin inconvenientes.
La Jawita es viajera, le encanta la ruta, como a nosotros. Tiene sus pequeños
caprichos, como todas las motos, pero nunca te deja. Recorrimos con ELLA tres
veces la Patagonia, (llegando hasta Puerto Madryn, Playa Unión, Trelew, Esquel,
Trevelin), con un total de más de quince mil kilómetros, pasando por asfalto,
ripio, arena, tierra. Soportamos calor, frío intenso, lluvias torrenciales
y vientos muy fuertes, pero ELLA seguía adelante...
Ahora tiene casi 32000 kilómetros y la cubierta delantera es la original. Es
un poco gastadora, ¡pero lo vale!…

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