Estimado(a) hermano(a) motociclista:
Hace ya un tiempo traduje el excelente texto de Fernando Drummond del portugués
al castellano, adaptándolo un poco. Lo podrás encontrar aquí, al final del
texto:
http://tiempoganado.blogspot.com/2009/01/viajes-en-moto.html
Buenas rutas,
Jorge
Tiempo Perdido
Curioso personaje, ese tal de motociclista. Es difícil creer que sea
posible preferir las incomodidades de una motocicleta, en la que se
viaja precariamente instalado sobre un asiento chiquito, en la que hay
que hacer acrobacias para mantener el equilibrio, y rogar que no haya
arena en el camino.
Cómo pueden creer que es cortés transportar un pasajero, sin ninguna
comodidad ni seguridad, obligando al (o a la) pobre infeliz a abrazarse
al piloto, estando expuestos ambos a toda clase de molestias: lluvia,
calor, frío, polvo, piedras, escupidas, o la ducha de agua sucia
arrojada por los automóviles que pasen por algún badén a su lado. O los
negros y hediondos gases de escape de los camiones en las avenidas
transitadas, por ejemplo. Y ni hablar de la necesidad de usar camperas,
cascos, botas, guantes y pañuelos, inclusive en los días más calurosos.
Todo eso cuando vivimos en una época en la que los automóviles nos
ofrecen toda clase de comodidades y elementos de seguridad. Aire
acondicionado, que nos permite llegar al trabajo sin transpirar ni oler
mal; bolsas de aire, barras de refuerzo laterales, cinturones de tres
puntos, etc., que proveen seguridad a conductor y pasajero; equipos de
sonido; la posibilidad de conversar a placer con los pasajeros (los
pasajeros) sin tener que gritar.
Personaje extraño, el motociclista...
Sin embargo, a pesar de todo lo que dije antes, veo siempre en sus
rostros una extraña y particular sonrisa que no recuerdo haber esbozado
yo mismo en mi auto, incluso disfrutando de todas las comodidades que
tiene.
Entonces comencé a prestar un poco más de atención y descubrí que,
durante mis viajes, los motociclistas que se cruzaban en las rutas se
saludaban con señas, bocinas y luces, sin importar qué moto conducían,
ni que nunca se hubieran visto antes. Muy raro...
Averigüé también que ellos frecuentemente se reúnen, como si fueran
amigos de mucho tiempo, como aquellos que tenemos tan pocos y apreciamos
tanto.
Percibí la solidaridad que los une. Observé también que debajo de muchas
de aquellas pesadas ropas de cuero, pañuelos en la cabeza, botas,
cadenas y expresiones ceñudas, había personas de todas clases,
incluyendo médicos, jueces, abogados, militares, profesores, etc., que
en aquel momento nada se parecían a los sesudos, formales e
irreprochables profesionales que eran en el día a día. Encontré también
a algunos colegas, a los que nunca imaginé ver pertrechados así.
Muy raro...
Al conversar con algunos de ellos, oí acerca de los indescriptibles
placeres de “salir a la ruta” en dos ruedas;
sobre la experiencia de conocer nuevos amigos por donde se pase; de la
alegría al redescubrir el placer de la aventura, sin importar la edad; y
de la posibilidad de ser libre y alegre, rompiendo las barreras que
existen solamente en nuestras mentes, tan acostumbradas a la
mediocridad.
Vi, oí y medité sobre este asunto... y cambié mi visión anterior:
Maravilloso personaje, el motociclista.
Aunque tuve muchas motocicletas, nunca fui un verdadero motociclista. Es
un error que trato ahora de enmendar.
Mejor que una moto nueva, la moto de mis sueños.
Más que solo una moto, la llave que abre los grilletes que representaban
los miedos y los prejuicios que durante tanto tiempo me impidieron
disfrutar de tantas aventuras y amistades.
Dios sabe del tiempo que perdí y las experiencias que me privé de vivir.
Si antes los miraba extrañado, incluso siendo dueño de una moto (pero no
un motociclista), los veo ahora con profunda admiración. Y, cuando no
estoy con ellos, con un poquito de envidia.
Lo interesante es que conozco personas que jamás tuvieron motos, pero
están en perfecta sintonía con el ideal del motociclista. Algunas llegan
incluso a participar en encuentros y listas de discusión. Lo que importa
es la filosofía.
Hoy, mi esposa y yo, montando nuestros sueños, planeamos, tímidamente,
viajes cada vez más largos, siempre dispuestos a encontrar nuevos viejos
amigos que nos recibirán de brazos abiertos.
Quizás, con un poco de suerte, encontremos algún automovilista que, a
través de las ventanillas de su jaula de acero, note extrañado aquel
personaje que pasando en una motocicleta, con el viento en la cara, lo
mismo a pleno sol que bajo lluvia o frío, parece feliz y ajeno a todo,
con una sincera e incomprensible sonrisa en el rostro.
Quien sabe si así liberaremos de su encierro a un futuro hermano
motociclista más.
Fernando Drummond
(Periodista de São José dos Campos, estado de São Paulo, BRASIL)
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