Pasadas las 9 hs. del sábado 11 de
octubre, como estaba previsto, algunos integrantes del Informoto Club nos
reunimos en Av. General Paz y Juan Manuel de Rosas y entusiasmados por un cielo
celestísimo partimos hacia Uribelarrea, distante unos 80 km.
A pesar del feriado del lunes, que
convirtió el fin de semana en una buena opción para los paseos turísticos, la
autopista estaba despejada y el trayecto hasta Cañuelas se hizo cómoda y
rápidamente. Unos 20 km. más por la ruta 205 nos acercaron a la entrada al
pueblo, en cuyo cartel de bienvenida, quienes habíamos llevado la cámara
aprovechamos para tomar la clásica foto con el nombre del lugar. Un trayecto más
y, cruzando las vías del ferrocarril, llegamos a la plaza del centro, de
llamativo diseño octogonal.
Uribelarrea es un lugar
literalmente detenido en el tiempo, donde sueñan unas mil almas. Un singular y
agradable lugar – debí decir - que todavía conserva construcciones
del s. XIX que contrastan con algunas lujosas estancias escondidas en las
afueras.
Es el sitio ideal para tomar esas
fotos que en otro lugar uno no se anima porque siempre hay un curioso en el
medio. Todo allí invita a la perdurabilidad de la fotografía: las paredes de
ladrillos y barro, los cerdos enormes enchastrados en el fango, los gansos
pavoneándose por las aceras de tierra, y las caras de los locos del “loquero”,
esos rostros únicos que nos miran con sus ojos turquesas o con sus orejas de
pantalla y que se acercan sin pedirnos nada, sólo para acompañar. Es que en
Uribelarrea, frente a la escuela, funciona un centro para pacientes con
problemas psiquiátricos; algunos de ellos tienen permitido caminar por las
calles y observan a los turistas con una mirada tan pura, tan pura… que nos deja
pasmados.
La plaza está muy bien cuidada y,
como toda plaza que se precie, sirve de marco a la Capilla Nuestra Señora de
Luján, que fue construida por un hombre enamorado a fin de eternizar las
virtudes de su esposa fallecida, la señora de Uribelarrea. De estilo neogótico,
recibió varios sets de filmación de películas, como “Juan Moreira”, o “Evita” de
Alan Parker.
Recorrimos con las motos las
callecitas ignorantes de asfalto, el centro, el Museo de Herramientas y Máquinas
Agrícolas, el tambo de cabras, la Escuela Agrotécnica Salesiana Don Bosco
(la cual, inaugurada en 1894, fue el primer centro de educación agraria del
país), las chacras y los comercios de venta de los artículos regionales que
éstas producen. Nuestros vehículos despertaban interés en los lugareños,
quienes permanecían atentos a sus tareas cotidianas, aunque los sabemos
conscientes del turismo que atrae su pueblo.
Bien pasado el mediodía, almorzamos
en una casa de comidas frente a la plaza, cuya añosa fachada ostenta orgullosa
una placa que advierte que la construcción data de 1890. Es uno de esos viejos
almacenes de ramos generales donde estoicamente resisten todavía los viejos
palenques, custodios de tres siglos de historia.
Las sabrosas pastas caseras fueron
la excusa para una amena charla que se prolongó por horas. Una familia de
japoneses que no ocultaba su afición, tomó varias fotos del interior del lugar y
no es para culparlos: su peculiaridad era bien digna de una fotografía.
Cuando la conversación hizo un alto
y consultamos el reloj, descubrimos que habían pasado las cinco de la tarde,
entonces era tiempo de iniciar el regreso: algunos hacia sus hogares y
otros hacia el Encuentro de Las Flores.
Las motos, amarradas junto al
palenque como potros de fierro y custodiadas por nuestros amigos – el de los
ojos color turquesa y el de orejas de pantalla – exhibían orgullosas la tierra
adherida, como trofeo de aventura. Cada salida supone un reto para ellas,
un “arrojarles el guante” a ver si se animan, y ellas responden aceptando el
desafío, del que siempre salen airosas. Cuanto más polvo acumulan, más
intrincados los senderos y más exigente la contienda.
¡Desconfíen
de una moto que vuelve reluciente de un paseo!
Uribelarrea ha dejado fuertes
impresiones en nuestro espíritu aventurero. Un lugar increíble, aquí nomás, pero
tan alejado en el tiempo. Un sencillo pueblo de agricultores y granjeros del que
solamente nos separa una hora de viaje. Un pueblo donde se vive de otra manera,
se disfruta de otros placeres.
Aprendimos que la civilización
allí pasa por otro lado: por el respeto a las costumbres, por la
conservación de la arquitectura y sus monumentos, por la tradición de la comida
casera, por la siesta callada… En Uribelarrea se vive en paz y en comunión con
el entorno natural, con el que los habitantes establecen una relación de
enriquecimiento mutuo. Y nos recibe con lo mejor que tiene.
¿Qué es lo mejor?... Visitalo.
Descubrilo…
Las construcciones de
ladrillo y barro de 1890...


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