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Rutas en dos Ruedas

 

 

11 de octubre de 2003

Uribelarrea, agreste y rural

Un pueblo detenido en el tiempo...

Por: Verónica, de Rutas en dos Ruedas

 

Pasadas las 9 hs. del sábado 11 de octubre, como estaba previsto, algunos integrantes del Informoto Club nos reunimos en Av. General Paz y Juan Manuel de Rosas y entusiasmados por un cielo celestísimo partimos hacia Uribelarrea, distante unos 80 km.

A pesar del feriado del lunes, que convirtió el fin de semana en una buena opción para los paseos turísticos, la autopista estaba despejada y el trayecto hasta Cañuelas se hizo cómoda y rápidamente. Unos 20 km. más por la ruta 205 nos acercaron a la entrada al pueblo, en cuyo cartel de bienvenida, quienes habíamos llevado la cámara aprovechamos para tomar la clásica foto con el nombre del lugar. Un trayecto más y, cruzando las vías del ferrocarril, llegamos a la plaza del centro, de llamativo diseño octogonal.

Uribelarrea es un lugar literalmente detenido en el tiempo, donde sueñan unas mil almas. Un singular y  agradable  lugar – debí decir -  que todavía conserva construcciones del s. XIX que contrastan con algunas lujosas estancias escondidas en las afueras.

Es el sitio ideal para tomar esas fotos que en otro lugar uno no se anima porque siempre hay un curioso en el medio. Todo allí invita a la perdurabilidad de la fotografía: las paredes de ladrillos y barro, los cerdos enormes enchastrados en el fango, los gansos pavoneándose por las aceras de tierra, y las caras de los locos del “loquero”, esos rostros únicos que nos miran con sus ojos turquesas o con sus orejas de pantalla y que se acercan sin pedirnos nada, sólo para acompañar. Es que en Uribelarrea, frente a la escuela, funciona un centro para pacientes con problemas psiquiátricos;  algunos de ellos tienen permitido caminar por las calles y observan a los turistas con una mirada tan pura, tan pura… que nos deja pasmados.

La plaza está muy bien cuidada y, como toda plaza que se precie, sirve de marco a la Capilla Nuestra Señora de Luján,  que fue construida por un hombre enamorado a fin de eternizar las virtudes de su esposa fallecida, la señora de Uribelarrea. De estilo neogótico, recibió varios sets de filmación de películas, como “Juan Moreira”, o “Evita” de Alan Parker.

Recorrimos con las motos las callecitas ignorantes de asfalto, el centro, el Museo de Herramientas y Máquinas Agrícolas, el tambo de cabras, la Escuela Agrotécnica  Salesiana Don Bosco (la cual, inaugurada en 1894, fue el primer centro de educación agraria del país), las chacras y los comercios de venta de los artículos regionales que éstas  producen. Nuestros vehículos despertaban interés en los lugareños, quienes  permanecían atentos a sus tareas cotidianas, aunque los sabemos conscientes del turismo que atrae su pueblo.

Bien pasado el mediodía, almorzamos en una casa de comidas frente a la plaza, cuya añosa fachada ostenta orgullosa una placa que advierte que la construcción data de 1890. Es uno de esos viejos almacenes de ramos generales donde estoicamente resisten todavía los viejos palenques, custodios de tres siglos de historia.

Las sabrosas pastas caseras fueron la excusa para una amena charla que se prolongó por horas. Una familia de japoneses que no ocultaba su afición, tomó varias fotos del interior del lugar y no es para culparlos: su peculiaridad era bien digna de una fotografía.

Cuando la conversación hizo un alto y consultamos el reloj, descubrimos que habían pasado las cinco de la tarde, entonces  era tiempo de iniciar el regreso: algunos hacia sus hogares y otros hacia el Encuentro de Las Flores.

Las motos, amarradas junto al palenque como potros de fierro y custodiadas por nuestros amigos – el de los ojos color turquesa y el de orejas de pantalla – exhibían orgullosas la tierra adherida, como trofeo de aventura.  Cada salida supone un reto para ellas, un “arrojarles el guante” a ver si se animan, y ellas responden aceptando el desafío, del que siempre salen airosas. Cuanto más polvo acumulan, más intrincados los senderos y más exigente la contienda. ¡Desconfíen de una moto que vuelve reluciente de un paseo!

Uribelarrea ha dejado fuertes impresiones en nuestro espíritu aventurero. Un lugar increíble, aquí nomás, pero tan alejado en el tiempo. Un sencillo pueblo de agricultores y granjeros del que solamente nos separa una hora de viaje. Un pueblo donde se vive de otra manera, se disfruta de otros placeres.

 Aprendimos que la civilización allí pasa por otro lado: por el respeto a las costumbres,  por la conservación de la arquitectura y sus monumentos, por la tradición de la comida casera, por la siesta callada… En Uribelarrea se vive en paz y en comunión con el entorno natural, con el que los habitantes establecen una relación de enriquecimiento mutuo. Y nos recibe con lo mejor que tiene.

¿Qué es lo mejor?... Visitalo. Descubrilo…

 

Las construcciones de ladrillo y barro de 1890...

Esquina de Uribelarrea

 

 

 

 

 

 

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