Teníamos unos días libres y, aún a riesgo del
mal pronóstico del tiempo, que anunciaba lluvias y frío, pensamos en ir a la
costa atlántica para visitar lugares que hacía muchos años no veíamos. Así es
que el viernes 23 de junio a media mañana dejamos las dudas de lado, preparamos
las alforjas y al mediodía salimos con el Dromedario (la JAWA reformada) hacia
San Clemente del Tuyú.
A pocos kilómetros de casa, la JAWA sufrió el
único inconveniente del viaje: se desoldó un fierro que sostenía el carenado con
el parabrisas y éste comenzó a vibrar demasiado. Así que paramos, tomamos un
alambre de la vereda, lo atamos fuertemente y seguimos así todo el camino, sin
problemas.
En invierno oscurece temprano, así que había
que tratar de no aflojar el paso para que no se nos hiciera de noche antes de
llegar. Tomamos la ruta 2 y almorzamos en el área de servicios de Chascomús, en
cuya hamburguesería hacían fila decenas de niños con uniforme de colegio privado
para hacer su pedido. Por suerte, una docente amable y consciente dejaba pasar
primero a quienes no éramos de ese grupo de chicos tan educados (que viajaban
hacia Buenos Aires para competir en torneos de hockey y rugby), así que nuestra
comida estuvo lista de inmediato. Ese ratito no me alcanzó para entrar en calor,
un inconveniente que padecí durante todo el viaje.
A la ruta nuevamente, nos desviamos en Dolores
para abordar la 11 y la última hora de viaje se me hizo insoportable por el
frío, que se colaba por todos los resquicios posibles. Debo decir que el Santo
no fue muy Clemente conmigo... Solicitamos información en la oficina de Turismo
y buscamos un hotel donde hospedarnos, ya de noche. La verdad es que los precios
estaban por encima de lo que esperábamos, especialmente en un fin de semana
frío, lluvioso y en el que la gente no se movía de sus casas por ver los
partidos del Mundial de Alemania.
Ese viernes por la noche San Clemente estaba
vacío y el personal de los restaurantes abiertos se desvivía por convencernos de
que entráramos. Por supuesto, entramos a uno que no nos había llamado y cenamos
algo liviano, después de haber recorrido todo el centro.
La idea era pasar un par de días allí y luego
continuar viaje hacia las otras localidades costeras, pero el sábado 24 se
presentó lluvioso y comprendimos que no había mucho por hacer en esa ciudad. Ya conocíamos el Mundo Marino (el oceanario más grande de Sudamérica, digno de
visitar) y no había mucho más para hacer allí. Además, a la tarde
jugaban Argentina y México por los octavos de final del Mundial y yo quería ver
el partido. Podríamos haber ido a las Termas Marinas, pero con lluvia no nos
entusiasmaba y ni malla habíamos llevado. Además, nos molestó que ahora no se
puede acceder al famoso Faro Querandí si no es abonando los diecinueve pesos que
cuesta la entrada a las termas (que son del mismo dueño de Mundo Marino). Cuando
todo se convierte en un negocio, sentimos que nos roban el país...
Tomamos unas fotos en el Puerto de San
Clemente, en la entrada al oceanario, en los médanos que bordean la costa donde
el mar es todavía casi río y seguimos viaje hacia Las Toninas, un balneario
sencillo. Luego recorrimos Santa Teresita, que se ha puesto muy linda, Mar del
Tuyú, Costa del Este y salimos a la ruta, para entrar nuevamente en La Lucila
del Mar, que nos recibió con una avenida bordeada de árboles; San Bernardo, que
es moderno y joven, y Mar de Ajó, que cuenta con una peatonal llena de comercios
que fuera de temporada es transitable.
En ese punto retomamos la ruta 11 y le dimos
hasta Mar del Plata, con lluvias frecuentes de variada intensidad. Llegamos al
Centro a las 15:30 hs. y otra vez almorzamos en una hamburguesería frente al
mar. ¡En media hora empezaba el partido! Tendí el dinero a la cajera, que
quería rechazar los billetes porque los notaba raros. La compañera le aclaró que eran buenos,
sólo que estaban húmedos... ¿No había notado que yo estaba toda mojada, con el
casco en la mano?
Comimos rapidísimo y seguimos viaje hacia el
Faro, ¡sin cruzarnos con nadie en veinte kilómetros! Cuando llegamos, el
partido iba 1 a 1, pero tuvimos la suerte de ver el gol del triunfo mientras
encendíamos las estufas y tomábamos un café caliente. Ya en clima de hogar, no
importaba mucho que afuera la lluvia persistiera. Nuestras ropas se estaban
secando y la ventana lucía la bandera argentina que habíamos traído en la moto
durante el viaje.
El mal tiempo no cedió en los cinco días
restantes, así que nos resignamos a mojarnos cada vez que salíamos. Paseamos por
el Centro, siempre concurrido y con ofertas para todos los presupuestos, por la
playa y por el Puerto.
El Faro de Mar del Plata, vestido para la
ocasión

¡La playa toda para nosotros!

El viento volaba la espuma en las playas
cercanas a Waikiki

El viaje continúa,
¿vienen?

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