Irreverente al paso del tiempo, un mojón de cuchi, o quebracho como se llama en
el chaco, tallado con la inscripción “Hito NE República del Paraguay”, permanece
firme en un potrero de la propiedad Algarrobillo, fiel testigo de la arremetida
paraguaya durante la guerra entre Bolivia y Paraguay. Fue este escenario, el de
la guerra del chaco, que elegimos para la travesía en moto más extrema que
hayamos emprendido jamás.
Me inspiró recorrer el Chaco Boreal varias historias que leí sobre la guerra. La
dramática falta de agua, los caminos arenosos, el calor de 50 grados en verano,
la vegetación hostil y lo inhóspito, me parecieron elementos ideales para un
enduro recio. Atravesar el chaco y unir en moto, Charagua con Roboré, lo
consideré pintoresco y hasta raro de entender.
El jueves santo, 14 pilotos del Moto Club Santa Cruz partimos hasta Charagua,
distante a 270 Km. al sur de Santa Cruz de la Sierra. Llegamos al finalizar la
tarde cargados de júbilo por lo hermoso que resultó el recorrido entre verdes
montañas. Sin embargo el verdadero enduro comienza el viernes. A pocos
kilómetros de Charagua, el puente del ferrocarril sobre el río Parapetí,
demanda el primer desafío. Muy alto, estrecho y sin barandas, con las tablas
rotas y desalineadas, requiere mucha concentración si de pasar en moto se trata.
La estancia Algarrobillo de Hernán Salas, está a 120 Km. al este de Charagua y
es la última propiedad antes de la entrada al Parque Nacional Kaa Iya. El camino
hasta allí es estable y divertido. Lo que viene después, es el infierno. Los
peores arenales de toda la expedición. Uno a uno fuimos cayendo en una senda
ondulada, de arena suelta y cubierta de paja brava. Nano, totalmente exhausto,
tira la toalla en los primeros 2 Km. retornándose a la estancia para abandonar
definitivamente la caravana. Alvaro se sale del camino y para contra un árbol,
provocándose un fuerte golpe en el cuello, que horas más tarde, sumado al
cansancio y la deshidratación, le provocó un desvanecimiento. Chuy, caída tras
caída, se cansó de levantar la KTM Super Enduro 990, que Dardo le había
alquilado bajo una serie de condiciones, la primera, no caerse. El propio Dardo,
en una Yamaha WR 450, la moto más apta de todas, no podía ni mantenerse en pie.
Todas estás penurias, sumadas a la impericia de varios pilotos, provocaron el
primer retraso serio de la travesía, tanto que se nos fue la tarde en los 10 Km.
que separan Algarrobillo del campamento de ingreso al Kaa Iya.
El Parque Nacional Kaa Iya del Gran Chaco, creado en 1995, cuyo vocablo guaraní
significa “amo del monte”, es el parque más grande de Bolivia y alberga la
muestra mejor conservada del chaco americano. Tiene una extensión de 34.411
kilómetros cuadrados, más que todo el territorio de Bélgica. Está situado en
las provincias Cordillera y Chiquitos y es considerado el mayor bosque seco
tropical del mundo.
El sábado ingresamos temprano al parque, por un camino estrecho que hizo
imposible el desplazamiento de nuestro auxilio, un camión Ford doble tracción
que no pudo superar los primeros barrizales. Nosotros dependíamos casi por
completo de él, ninguna moto tenía autonomía para recorrer los más de 450 Km.
que distaban aún para Roboré. Tampoco teníamos espacio para llevar el camping,
bolsas de dormir, comida y todo el confort que se nos ocurrió llevar. Se tenía
que tomar una decisión, cargar las motos con provisiones y combustible o
regresarse con el camión.
Víctor Hugo, Nando y Yo habíamos planeado este viaje por más de 2 meses. No
perecer ante las inclemencias del chaco nos llevó a tomar una decisión
controversial, continuar viaje ante cualquier contingencia. Se sumaron Diki y
Joselo, padre e hijo respectivamente y el brasileño Andrés. El resto de nuestros
compañeros, dieron media vuelta y retornaron a Charagua. A partir de ese momento
quedamos solos, yo dejé todo mi equipaje y coloqué en la parrilla de la Suzuki
DR 650, un galón con 30 litros de gasolina, Joselo y Dicki llenaron todos los
tanques de las KTM 690, Nando y Víctor Hugo, ambos también con DR, cargaron con
galones de 10 litros y Andrés, tan solo los 8 litros del tanque de su Kawasaki
KX 450 y lo que pudo en su mochila, un poco de agua y en los bolsillos de las
chamarras unas latas de atún, galletas, aceitunas y sin más provisiones
continuamos viaje.
Las lluvias tardías dejaron largos lodazales en todo el recorrido al puesto
fronterizo, Soldado Mérida, algunos profundos y hasta con plantas acuáticas,
tanto que los teníamos que rodear a través del monte tupido, donde éramos
víctimas de todo tipo de sabandijas. El sargento Limachi, un muchacho de 25
años y los ocho jóvenes del servicio militar que tiene a su cargo, escucharon
las motos y con antelación, se dieron el trabajo de colocar varias banderas
bolivianas en la recta de entrada al destacamento para darnos la bienvenida.
Llegar a este rincón solitario y desconocido de la patria, en un tarde nublada y
fría, cansados, con hambre y sed, con las botas llenas de barro, y ver al
ingreso del humilde destacamento este despliegue de banderas, fue lo más
emotivo del viaje y la mejor recompensa a nuestro gran esfuerzo.
Limachi nos ofreció lo poco que tenía a su alcance, sin ningún animal para
cazar, la cena no estaba incluida, tan sólo techo, agua y un espacio seguro para
dormir. Le agradecimos el gesto, pero decidimos aprovechar la poca luz que
quedaba, para seguir hasta el fortín paraguayo distante a 4 Km. En el camino,
un triste cementerio de la guerra, con unas cuantas cruces de madera
desvencijadas, es la única referencia de la frontera entre Bolivia y paraguay.
En el fortín Gabino Mendoza, los militares paraguayos, jóvenes oficiales de
carrera, se entusiasmaron con nuestra visita, pues éramos los únicos viajeros
que veían por allí en más de 2 meses. Aquella noche compartieron con nosotros su
cena, un buen guiso de fideo caliente, con algunos pedacitos de charque de
cabra. También nos habilitaron cama para todos, aunque sin nada para taparse.
Durante la noche el sur arreció y entró por todas las rendijas de las puertas y
ventanas del pabellón, me la pase tiritando de frío mientras esperaba que
amaneciera.
El Chaco Paraguayo no difiere del boliviano, la vegetación adaptada al clima
seco, desarrolla espinas en vez de hojas para no perder humedad, se trata de un
bosque chaparro y poco vistoso, donde destaca uno que otro toboroche petizo de
flor blanca. Sin embargo hay buenos caminos aunque llenos de maleza que crece
durante la temporada de lluvia. Después de recorrer más de 100 Km. sin cruzarnos
con nadie y no ver una sola huella de vehículo, nos topamos con un río de agua
clara, desbordado en todo lo ancho y largo del el camino. El nivel del agua
daba arriba de la cintura, es decir por encima del asiento de la moto, o sea,
imposible de pasar.
Por primera vez en tres días me despojé de la ropa sucia que llevaba encima para
vadear el río. La profundidad y el fondo lodoso, no era apto para ningún tipo de
moto, pero no estaba en la cabeza de nadie volverse, así que nos metimos al
río y entre todos, empujando de atrás y alzando de la llanta delantera; con el
motor apagado y el caño de escape tapado, una por una pasamos las motos.
Poco después del río llegamos a Lagerenza, 5ta. División de Infantería del
Ejército del Paraguay. En ausencia de su General, el oficial a cargo, con todo
el ímpetu de un comandante furioso, salió energúmeno a interpelarnos. Nos pidió
todo tipo de documentos, entre ellos el de ingreso a su país, que obviamente no
teníamos, ya que no entramos por ningún puesto migratorio. El lío dio para rato
y nos ordenó regresarnos de inmediato por donde llegamos. Acabábamos de cruzar
el río y era lo último que hayamos deseado volver hacer. Al ver nuestra
negativa, nos amenazó con remitirnos a la fiscalía para darnos detención, bajo
sospecha de ser agentes encubiertos deambulando en misión de espionaje. De nada
servían los argumentos temblorosos de Víctor Hugo, peor resultaron las
alusiones a los tratados internacionales de Dicky. Nando acostumbrado a este
tipo de situaciones, esperaba tranquilo el desenlace y el brasilero Andrés,
emigrante de tercer país, permanecía mudo. Dio mejor resultado mi posición
sumisa, para que comprenda que llegar a nuestro país, por Palmar de las Islas,
era en ese momento una cuestión de supervivencia. Costó pero lo entendió, no sin
antes prontuariarnos y sacarnos fotos uno por uno junto a las motos para crear
un registro.
Palmar de las Islas está a 16Km. del hito fronterizo VI y es último puesto
militar paraguayo antes de entrar nuevamente a Bolivia. Al llegar al hito, se
observa por sobre la llanura chiquitana, la silueta casi cilíndrica del macizo
cerro San Miguel, con la cima chata y sus 840 msnm., es el único en más de 100
Km. a la redonda. En su falda, el Fortín Ravelo nos espera, no sin antes
superar el tramo más duro de la travesía. Fueron más de 20 Km. sin camino, en
los que abrimos huella en humedales y palmares. Al norte, el cerro es la única
referencia en el paisaje, pero se pierde a medida que avanzamos y un monte
serrado, poseedor de la mayor colección de espinas de todo el chaco, lo saca del
horizonte. Bajo el enmarañado verde, el terreno cambia y comenzamos a rodar
sobre el lecho de una cañada, con grandes piedras lisas, las que sorteamos una
por una con extremo cuidado para no caer sobre ellas. Finalmente llegamos al
Fortín abriendo picada en la selva a punta de machete.
Nos sorprendió gratamente la pulcritud del fortín y más aún, constatar que su
comandante es una chica de 22 de años, subteniente Paz, que junto a otra
oficial, está a cargo de la unidad. La invitación a pernoctar, común en los
destacamentos militares, no se hizo esperar, sin embargo, estábamos muy
retrasados, sólo bebimos un poco de agua salada -la única disponible en el
sitio- y proseguimos viaje bajo la oscura noche del chaco.
Todas las penurias de este viaje fueron breves comparadas con aquella noche de
vuelta en el Kaa Iya. Por más de 70 Km. conducimos en la oscuridad, a través de
una senda anegada de vegetación agresiva, que nos dejó un sin número de
rasmilladas y garrapatas por todo el cuerpo. Por largos kilómetros conduje la
moto en primera y a medio embrague, las ramas que azotaban contra mi casco y la
casi nula visibilidad del suelo, no me permitía ir más rápido. En esas
condiciones, las caídas en la arena fueron cada vez más frecuentes. Me habían
comentado que el Kaa Iya, posee la mayor concentración de jaguares de toda
América, cuando tocaba levantar la moto en total oscuridad, el sólo rumor del
monte me parecía el rugir del tigre; el miedo podía más que el cansancio, solo y
sin ayuda, con las piernas y brazos rendidos, me incorporaba de inmediato para
arrancar la moto y seguir andando.
Auque el recorrido lo había trazado en un pequeño GPS que llevaba en el manillar
de la moto, no contaba con que en el trayecto, dentro del parque, haya un
desvío. La gasolina de las motos era justa y no podíamos andar ni un kilómetro
de más, si errábamos de camino quedaríamos varados en un monte, donde por días
no vimos pasar a nadie. En el Fortín, uno de los conscriptos nos advirtió sobre
el desvío y dijo que deberíamos tomarlo, pero la brújula del GPS indicaba lo
contrario, así que después basilaciones y discusiones decidimos andar por él
sólo 5 Km., distancia suficiente para verificar si se mantenía el rumbo hacía
Roboré. Así lo hicimos, pero no fue el curso errado lo que nos hizo volver, sino
los arenales que eran aún peor y encima había que atravesar un oscuro barrizal
que unía de lado a lado el monte.
De regreso al punto de partida, hicimos un breve recuento de nuestras agotadas
reservas de agua y no quedaba nada, ese fue el peor momento del viaje. Cansados
y con la moral baja, nos recostamos sobre la arena fresca a descansar mirando
las estrellas. Mientras decidíamos qué hacer, Andrés colocó un par de velas
sobre el guarda barro de su moto, así no seriamos sorprendidos por ningún bicho
del monte. Con la garganta seca las prioridades cambian, no me importaba dónde
dormir ni qué comer, la necesidad de beber agua se convirtió en mi única
preocupación y no poder comunicarme con mi familia, que desde hacía 2 días
esperaba mi llegada a Roboré, mi peor angustia. Quedarnos en el sitio aumentaría
peligrosamente nuestra sed. Teníamos que seguir hasta encontrar agua antes de
pensar en pernoctar.
Pero el Kaa Iya termina donde comienza, y todo sufrimiento tiene su final. La
noche templada nos permitió felizmente salir ilesos del parque. En el campamento
Peto Blanco, donde un grupo de biólogos tiene su centro de investigación, 80
Km. antes de Roboré, existe una casa con todas las comodidades. Bajo el alero,
un gran tanque de con agua fresca de lluvia nos devolvió la esperanza. La casa
completamente habitable estaba vacía. Fue nuestro último refugio y el epílogo de
nuestra hazaña.
Casi 80 años han pasado desde el fin de la guerra, mientras tanto el Chaco
permanece inerte. Las pretensiones de Bolivia y Paraguay por los supuestos
yacimientos de gas y petróleo, quedaron en eso, pretensiones que no remedirán
jamás, el sufrimiento de quienes lo defendieron con su sangre. Atravesar el
Chaco Boreal no puede sino traerme a la memoria, el drama de quienes perecieron
allí, va para todos ellos, mi profundo respeto y más grande admiración.






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