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Rutas en dos Ruedas

 

 

Viaje a Briongos

Por: Bernardo Lanuza, desde España

 

Hola.

 

Como os prometí, os enviaré cada relato que escriba de las salidas y viajes que hago en moto, porque además, el hecho de saber que ponéis tanto cariño en los contenidos de vuestra Web me alienta para escribiros.

 

Sigo leyendo cada una de las nuevas historias que colgáis, y todas me encantan, hay gente realmente extraordinaria por el mundo, desde luego sois un estandarte digno de hacer patria en Argentina. Vuestra Web podría pertenecer a la oficina nacional de turismo.

 

El viaje de Hugo Puente y Ricardo Puente ya mayorcitos para tanta tralla, el de Mario Enrique Alciati, el de los ganadores del relato Rutas en dos ruedas, en fin sólo siento no poder asistir al café mensual en la estación Shell y pasear por la costanera de Vicente López.

 

Aún no he salido de vacaciones en un viaje largo en moto, si al final lo hago os enviaré mi relato, mientras adjunto este otro.

 

Un saludo cordial,

 

Bernardo

 

VIAJE A BRIONGOS

Los viajes comienzan mucho antes de ponernos en camino, ya sabemos que comienzan antes, a veces mucho tiempo antes de ponernos en marcha.

En moto los viajes pueden ser de miles de kilómetros, lo que es cierto es que algunos duran años, en mi caso llevo viajando a Noruega pasando por los Alpes franceses desde hace 16 meses, parece un gran viaje, es un gran viaje, ¡será un gran viaje!

16 meses es el tiempo que llevo pensando en realizarlo, planificarlo, soñando y encontrando el momento más adecuado para que encaje entre el resto de ocupaciones y obligaciones que hay en mi vida.

Un año es el tiempo que llevo viajando a una pequeña localidad en la provincia de Burgos, no está lejos de Madrid, sin embargo es el tiempo que ha pasado hasta volver a vivir tan rústicas calles, la ruralidad en su pura esencia, la naturaleza a golpe de peñas y enebros, la vida a puro pulmón en las frescas noches de verano. Un año deseando volver a las fiestas que algunos llamarían entrañables y yo llamo cariñosas.

Es indiscutiblemente bonito, lindo dirían mis amigos Verónica y Néstor, comenzar el viaje preparando las rutas, el equipaje, los pequeños detalles, pero cuando indiscutiblemente comienza el viaje, es cuando dejo sonar los cuatro cilindros del motor que oigo decir que en los sucesivos días, me traerá miles de experiencias inenarrables: por su belleza, por sus imágenes, sus sensaciones y así pasando por diversos estados del alma y todos buenos; hay viajes largos y viajes que se nos hacen cortos aún prolongándose en el tiempo, y viajes cortos, pequeñas salidas que son como aire fresco sobre mi alma, y aire con alma se funden en viento sobre mi corazón; nada me acerca más a mi que alejarme con la moto y hacer de cada sitio mi casa: “ ir en moto” es hacer de cada rincón un hogar, y elegir la parada en busca de un destino lleno de caminos.

Tengo una preciosa historia que contar; comienza una mañana de sábado en el mes de agosto de 2006, es cuando preparé cuatro prendas básicas para dirigirme hacia aquel pequeñísimo pueblo de la provincia de Burgos, bajo la falda de las Peñas de Cervera que cobijan a los, aproximadamente, 31 habitantes de Briongos.

Tan sólo son 200 km. de distancia desde Madrid, no se debería tardar mucho, aunque como dije al principio llevo un año viajando a este “país”, “planeta”, “constelación”, en la que cada uno de sus pobladores en verano somos como estrellas caídas de un sueño que no nos deja salir de ebria felicidad.

Los 200 km. que me separaban de Briongos de Cervera, se me hicieron algo pesados ese sábado debido a los estrictos controles y límites de velocidad que entraron en vigor a principios de julio. El tráfico fue fluido, a pesar de que éramos muchos los que nos dirigíamos hacia el norte, hasta que me desvié por Aranda de Duero y después en dirección a Santo Domingo de Silos, donde el paisaje a lo largo de la carretera es muy diferente, porque las carreteras también crean paisajes, no son las mismas sensaciones las que trasmiten un Vals o un Rap, ambos son música y ambos trasmiten cosas diferentes.

Lo mejor de este viaje en moto no fueron las curvas, o los tramos rápidos o las reducciones repentinas de un puerto de montaña; nada de esto tiene que ver con el viaje a Briongos, salvo una pequeña experiencia motorista con mi amigo Tomás que más adelante contaré.

Lo maravilloso de este viaje es, como en todos, sus gentes, las personas que te encuentras y conoces. Y este es el gran valor, es el motor que hace que el primer fin de semana de agosto durante años, los hijos y amigos de los briongueros acudamos sin falta a mojar el gaznate con el vino de sus bodegas escavadas en la tierra, a mancharnos las manos con las benditas magras de las ricas chuletillas a la brasa del cordero de la tierra, y todo entre risas y charlas resueltas, que en cordial manotazo se ofrecen las palmas llenas y en las casas te dejan las puertas abiertas.

Briongos es pequeño, el continente es más pequeño que el contenido, cabemos muchos. Las dos veces que he estado es fácil salirse del casco, pero siempre sales al campo, que nunca defrauda si lo respetas, siempre te da todo lo que necesitas, y siempre te da lo que sabes utilizar.

Le saco una falta a Briongos, y es que ha hecho por unos días que me olvide de la moto, el Fénix noble que me lleva y me trae sin quejarse de nada.

Ha consistido en un viaje breve, por autovía de dos carriles bien asfaltados; en un trayecto así, no puedo destacar la aventura, y lo más precioso es cuando empiezo a desviarme por carreteras comarcales, pasando pequeños pueblos Gumiel, Caleruela, y sentir en la cara otro fresco que me acerca los olores de pinares y enebros.

Ya el cruce que lleva a Briongos, me muestra su carretera, de la que  se advierte que no conduce a un lugar muy poblado. Con el asfalto irregular, baches y agujeros de los que la suspensión del Fénix se resiente. Cuando entro en Briongos, no entré en el pueblo sino en el salón de una fiesta llena de amigos, y sin bajarme del caballo, me saco el casco y voy parando y saludando a todos los que me encuentro.

Al día siguiente, ya en plena fiesta, Tomás y yo, decidimos poner a prueba el espíritu del loco, y nos dimos una vuelta, hasta Ciruelos de Cervera: tan sólo 3 km. a 120 km./h. sin casco, con el asfalto dando botes, y su primera vez que montaba en una moto; algo más propio de la edad de los hijos de Tomás que de dos mocetones con canas en la cabeza. Nos sentimos bien cuando aterrizamos, porque cuando estoy en Briongos cada pequeña cosa que acontece se me convierte en un mundo de alegría, que sólo es posible cuando el corazón se palpa reconfortado entre amigos.

No puedo deciros más, en Briongos no hay tiendas de comestibles, no hay bar, apenas se cae el edificio del Ayuntamiento, y aún así nunca falta de nada, porque en estos días todo lo que se necesita se crea entre todos.

Briongos, España

 

Briongos, España

De las dos veces que he vuelto a casa después de visitar este punto pequeñito en el mapa, el trayecto por la carretera se me hizo un cúmulo de recuerdos impactados en la retina, de las experiencias tan recientes; siento el casco como una caja fuerte que conserva lo más valioso de la vida: encontrar la feliz serenidad y volver a mi hogar con la convicción de haber ampliado la familia.

Y en la noche de vuelta, la luna ilumina el asfalto, la rueda se hace ligera, el viento choca sin fuerza, las curvas son olas entre las que navega mi Fénix de sobria gloria castellana.

 

 

 

 

 

 

 

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