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Rutas en dos Ruedas

 

 

Enero 2004

 

Un motero brasileño por Sudamérica

Durante el verano 2004, Diego Gozzi Aranda, de 21 años,
recorrió cinco países en su Honda NX 200.
 

Por: Verónica, de Rutas en dos Ruedas

 

El mediodía del 30 de diciembre de 2003, salíamos de revisar el correo electrónico en un ciber de San Antonio Oeste, en la zona atlántica de la provincia de Río Negro, cuando descubrimos una Honda NX 200 de patente brasileña estacionada junto a nuestra moto. Enseguida contactamos al dueño, quien se presentó en un buen castellano como Diego Gozzi Aranda.
Este muchacho de 21 años, oriundo de São Paulo, estudiante de ingeniería mecánica, había recorrido ya un largo periplo solo en su moto desde su país natal y se encontraba en esta localidad costera esperando la salida del tren patagónico, que lo transportaría hasta Bariloche. Como teníamos un rato de tiempo y ganas de conocerlo, le ofrecimos mostrarle Las Grutas, el balneario de moda del verano, distante a sólo 15 km. de allí.
Ya en la costanera grutense, de cara al mar azul intenso, Diego nos relató su viaje.

Salió de São Paulo el 19 de diciembre, con la reprobación de todos sus familiares y de casi todos sus amigos, excepto de dos, que trataron vanamente de hacerlo desistir de su “locura”. Sin embargo, tenía en mente un recorrido que lo llevaría por el Sur de su país, por Uruguay, Argentina, Chile y Paraguay, y no dudó en lanzarse a la aventura. Decisión admirable, sobre todo si se tienen en cuenta su edad y su escasa experiencia motociclística. Diego compró su moto hace un año y medio nada más y nunca había realizado un viaje extenso. Creo no cometer una infidencia si les “secreteo” que Diego es también aficionado a las bicicletas, con las que sí ha hecho algunos viajes por su país.
El primer día recorrió 471 km. hasta Curitiba, a la que describe como una hermosa y gran ciudad. Allí, en medio del camino entre montañas, se quedó sin nafta por primera vez y debieron remolcarlo con una soga. Diego empezaba a experimentar la influencia del viento fuerte, con el que no contaba, y a verificar la escasa autonomía de su tanque de nafta para un viaje tan pretencioso. La Honda NX 200 viaja a 100 km/h y consume 4,5 lt. de combustible en condiciones normales. Pero cargada y con viento en contra, necesita 5,5 litros cada 100 km. andando a una velocidad de 80 km/h.
El 20 de diciembre lo sorprendió una lluvia constante que lo obligó a enfundarse en su traje impermeable, a pesar de lo cual recorrió 555 km. hasta la ciudad de Torres. Desde allí hasta Río Grande fueron 549 km., que le ofrecieron buen clima y lo depositaron en el Sur de su país.
El 22 llegó a la uruguaya Punta del Este, dejando atrás 500 kilómetros más, y soportando en la zona cercana a la frontera una invasión de libélulas mucho más contantes y sonantes que las libélulas vagas de la vaga ilusión que cantaba el poeta Rubén Darío… Por segunda vez se quedó sin nafta, pero dicen los sabios que la experiencia enseña, y este episodio le sirvió a Diego para descubrir que su tanque de nafta tenía una reserva de 1,5 litros que todavía no había utilizado. Así, continuó su marcha a 40 km/h para que le rindiera el poco combustible que le quedaba, y llegó a destino sin problemas.
Con respecto al combustible, Diego cuenta que en Brasil la nafta es de una sola calidad, lo que acá sería “normal” o “común” y que en las ciudades tiene un costo aproximado de 1,25 reales. En las rutas, en cambio, se la puede pagar hasta 2,30 reales, un abuso… En Uruguay también le pareció muy cara; en Argentina alternó la nafta común con la súper y no tuvo inconvenientes.
Su mayor enemigo, el viento, se hizo sentir otra vez en tierras orientales, donde el clima desagradable le impidió disfrutar un poco más de los 390 km. que separan Punta del Este de Colonia, ciudad interesante –según Diego- donde debió esperar el buque hasta la Reina del Plata.
En Morón lo aguardaban algunos familiares para celebrar la Nochebuena, así que de Buenos Aires vio muy poco. Lo que más le impresionó fue el tránsito tan desordenado y caótico. Dueño de un juicio maduro y crítico, Diego opinó que en Morón no debería haber semáforos, porque nadie los respeta.

Una vez pasadas las fiestas, comenzó la segunda etapa de su periplo: tomó la autopista hasta Cañuelas, luego la ruta 3, pasó por Coronel Dorrego, Viedma, y llegó a la costa de Río Negro ansioso por conocer la Cordillera. Ahí lo encontramos nosotros, a la espera del tren que a las 21:50 comenzaría a chirriar a 50 km/h por las vías de la Línea Sur, hasta una de las ciudades más bellas del mundo.
Luego de asegurarle que Bariloche lo iba a encantar con sus hechizos, le preguntamos qué le había parecido Las Grutas, que ya contaba con una interesante cantidad de turistas. Muy sinceramente, nos respondió que le había gustado, ¡pero que no había visto las grutas! En verdad, no fuimos muy buenos guías de turismo y olvidamos indicarle que las grutas son formaciones naturales que se encuentran en la bajada a las playas, a donde no descendimos para no dejar su moto cargada en la vereda.
Nos contó que no había tenido problemas en las fronteras, donde los trámites fueron ágiles, y tampoco lo demoró la policía.



Diego llegó en tren a San Carlos de Bariloche, donde se quedó cinco días porque fue “una de las cosas que hicieron valer el viaje” y nos concedió la razón, ya que le pareció un lugar muy hermoso. Las palabras se amontonaban por su alegría al contarnos que allí conoció la nieve, que caminó siete horas junto a dos chicas brasileñas y una suiza, hasta llegar al Refugio Frey, a 1700 mts. de altura; que durmió en el refugio en alta montaña, que había un lago fantástico… En fin, esta iniciática experiencia estaba resultando un aprendizaje y una aventura maravillosos.
Desde Bariloche cruzó a Temuco, Chile, y desde ahí fue hasta Santiago, donde permaneció sólo un día, a causa de los excesivos precios, culpa del cambio actual. Abandonó la capital chilena para conocer Mendoza, y sobre este tramo destaca que “la travesía de la Cordillera en la altura fue la mejor parte del viaje, fue muy, muy lindo, en especial donde la ruta hace como un zigzag para subir una montaña”.
Después de darse el lujo de conocer el Aconcagua, viajó 830 km. en un día, hasta Pergamino. Fue el día que más kilómetros recorrió, aún a pesar de que, por tercera vez… ¡se quedó sin nafta! Justo en una subida… Llevaba su moto caminando desde hacía media hora, cuando Manuel y Ricardo en una Vulcan 1500 cc. lo remolcaron hasta una estación de servicio. Almorzaron juntos y Diego aceptó la invitación de los muchachos de ir a su casa, en Pergamino. Ya ahí, los amigos moteros de los anfitriones organizaron un típico asado para agasajar al viajero y lo llevaron a conocer la ciudad. Diego agradeció haber sido tan bien recibido y partió hacia Buenos Aires, nuevamente a la casa de su familia.
Intentando enseñarle a su primo Leandro a manejar la moto, se cayó y debió permanecer en Morón quince días más, hasta reponerse. Cuando estuvo en condiciones de seguir, viajó a Paso de los Libres y de ahí a Puerto Iguazú, a conocer las Cataratas del lado argentino, ya que sólo las había visto desde Brasil. Su memoria rescata un paseo en barco, que le permitió admirar la exhuberancia de la selva misionera y de las indomables aguas del río.
Continuó hacia Ciudad del Este, en Paraguay, ese centro comercial gigante que ofrece productos importados a muy buenos precios, e ingresó en su tierra natal.
Dos días más de viaje, con intensa lluvia, y el 28 de enero de 2004 llegó por fin a su casa, demostrando que esa “locura viajera” no había sido irresponsable y lo había llevado a vivir una experiencia inimaginable.
Para los que están pensando en algún viajecito en moto a Brasil, Diego recomienda la hermosura sin par del tramo Río – Santos, con vistas espectaculares.

Esta fue la crónica de un extenso y rico periplo en el que Diego viajó en moto, en barco, en tren, remolcado, caminando… Por primera vez, estuvo cuarenta y un días lejos de su hogar. Por primera vez, pasó por cinco países con su moto. Por primera vez vio la nieve. Y Santiago. Y el Aconcagua.
Pero Diego ya está imaginando su segunda travesía heroica sobre dos ruedas. En moto, claro… ¿o en bicicleta?...


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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